Vidas robadas

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Jean caminaba a paso rápido sin destino. Las nuevas cerraduras le hacían casi imposible su trabajo. Y es que Jean era un ladrón de casas. Pensaba en sus opciones cuando de pronto la vio… Una puerta con las llaves puestas. Se detuvo y se giró buscando al dueño, pero no había ningún alma en la calle. Giro la llave y entró a una vivienda que parecía vacía.

No podía perder el tiempo. Como un huracán comenzó a explorar por todos los rincones. Siempre alerta en caso de que tuviera que salir corriendo. Recorrió toda la casa para asegurarse de que estuviera vacía. Al sentirse seguro, se dirigió a la única recamara, buscó solamente joyas, son fáciles de cargar y tienen mayor valor. Pero no encontraba nada. “Esta gente esta mas pobre que yo, a la mierda me llevo la tele” pensó.

Se dirigió a la sala, ahí había algunos muebles, pero sus cajones solo tenían películas, libros y controles remotos. En un rincón del salón alcanzó a distinguir un cofre grande y antiguo. “Tal vez tenga algo bueno ahí dentro”

Abrió el cajón. En su interior se encontraba otro cofre con una inscripción en letras doradas que decían “vida”. Extrajo el baúl y lo destapó. Dentro había uno más. Tantas cajas le recordaban a una matryoshka . Jean no quería perder el tiempo, pero la curiosidad lo venció y termino por destapar siete cajas, una adentro de la otra. En la mas pequeña encontró una libreta vieja y una pluma de oro. “por fin algo bueno”

Echó la pluma en su bolsillo y revisó la libreta en busca de billetes. Había dibujos a blanco y negro nada más, entre ellos estaba un retrato de él mismo. Se detuvo un segundo para verse reflejado con tinta en la página.

—Dale vuelta a la hoja, es tu historia —dijo un susurro masculino y rasposo.

Jean volteó espantado, pero no vio al dueño de la voz.

—¿Quién eres? ¿En donde estas?

—Soy la voz de tus impulsos, tu guía. Continúa viendo el libro. —insistió.

La libreta contenía imágenes de los objetos que Jean había robado a lo largo de toda su vida, Joyas, relojes, carteras. Estaban también retratos de su esposa e hijos. En el fondo de los objetos robados estaban los rostros tristes de las victimas de sus delitos.

—Tu historia termina en el final del libro. Deberías revisar, es muy interesante.

Jean se incorporó, como si hubiera estado dormido “Esto debe ser una pesadilla… No tengo tiempo para estas cosas, debo irme”

Se olvidó por completo del televisor que iba robar. Corrió en dirección a su casa y no se detuvo. Al llegar, notó que la llave de su puerta estaba puesta. Entró con precaución y esperando la peor de las situaciones.

—Hola, ¿Cómo te fue? ¿Te encuentras bien? —le dijo su esposa desde el sofá donde veía la televisión con sus hijos.

—Si, estoy bien. —se acercó a ellos y los besó. Luego se sentó en su silla favorita del comedor.

—¿Encontraste trabajo?

—Encontré algo para librar el día, mañana espero encontrar algo fijo.

 —Ya veras que si mi amor. —le dijo y se quedó pensativa.

Jean se dio cuenta que la libreta estaba en su mano. Se esperó a recuperar el aliento antes de abrir el cuaderno.

Su rostro se empalideció al llegar a la última página. Se sintió un silencio en el ambiente de su hogar. Sus labios se abrieron y se pintaron púrpura. Sus ojos comenzaron a lagrimear, había preocupación y terror en su mirada. Un estruendo se escuchó afuera anunciando una tromenta. Gritó sin dejar de sostener la libreta. Gritó como un niño atormentado. Soltó un llanto de desolación. La imagen que miraba le retumbaba en su mente y le golpeaba la cordura. Temblaba como si estuviera muriendo de frio. Orines le mojaban el pantalón. Una imagen de horror le hizo sentir que se caía en un abismo oscuro y helado. El demonio que esparce el terror por el mundo le dejó una carga inhumana sobre sus hombros.

Su familia se acercó temerosa, el miedo se les había contagiado.

—¿Qué te pasa mi amor? ¿Estas bien? —le dijo la mujer asustada.

Jean con los ojos llorosos, tomó a su esposa del cabello y la arrastró hasta el cajón de los cuchillos, donde cogió uno y se lo clavo en el corazón. Con sus manos ensangrentadas, ahorcó uno por uno a sus hijos. “Perdóname señor, pero estas muertes son mil veces menos tormentosas que las que profesa esa libreta endemoniada” dijo. Luego se atravesó también el pecho con el cuchillo.

Este relato fue hecho para el reto de Twitter #MismoInicioDiferenteFinal de Maru. Pueden visitar en el link su página Conjurando Letras