Tres engaños

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Cada miércoles y viernes, recorro el mismo camino desde mi casa hasta el río, son menos de diez minutos a pie. Por la mañana, dejo unos cordeles con carnada, y regreso en la tarde para revisar los anzuelos, si tengo suerte, atrapo uno o dos pescados. Vivo en el ejido de Las Auras, en Chihuahua, donde la población no rebasa las cien personas. Aquí nací y crecí, solo me ausenté durante mis años de estudiante, al terminar la carrera de agronomía me regresé para construir una casa enseguida de la de mis padres, y trabajar en la labranza de las tierras de esta región.

Hace un par de años, me sucedió algo fuera de lo común en la iglesia abandonada que se encuentra en el camino que tomo para ir al río. La construyeron los monjes franciscanos en el siglo pasado. Las leyendas dicen que ahí sucedieron desde juicios de brujas, hasta asesinatos y violaciones. Incluso se dice que fue el mismísimo diablo, quien un día se disfrazó de sacerdote para celebrar la misa dominical; al sonar la campana indicando la tercera llamada, abrió en el suelo una puerta al infierno, justo en medio de la congregación. De ahí salieron tres demonios; a punta de mordiscos y arañazos secuestraron a todas las personas para utilizarlas de sirvientes en las profundidades del averno. En fin, los rumores se esparcen, se exageran, y terminan convirtiéndose en cuentos que suenan tan absurdos que nadie los creería reales, a menos que les sucedan.

Afuera de esa iglesia, una mañana encontré una cámara sostenida en un trípode, en el piso estaba un maletín con cables, baterías y cintas en blanco. Me dediqué durante media hora a buscar al dueño del equipo de grabación, pero no encontré a nadie. Me fui a colocar los carretes, y de regreso continué buscando sin tener éxito, así que tomé todo y lo llevé a mi casa.

Conecté la handycam a mi televisión y revisé el contenido. En la primera grabación, aparecía un joven rubio de cabello largo, alrededor de sus treinta, se presentaba a la cámara, decía que se llamaba José, y que estaba a punto de ir a la iglesia abandonada de Las Auras, para documentar. “Con suerte, podré grabar un fantasma” dijo, y cortó.

En la siguiente toma, reconocí el sendero que uso para ir al río. Aún había luz de día, José iba acompañado por un majestuoso Red Heeler, se llamaba Cocoa y usaba un pañuelo rojo en el cuello. Unas horas más tarde, el joven estaba de pie, hablando de frente a la luz de la cámara y con la iglesia en sus espaldas. Relataba las leyendas y mitos que conocía de memoria acerca del lugar. Mientras José hablaba, Cocoa se escuchaba ladrar a lo lejos y fantasmas de personas caminaban detrás de él sin que se diera cuenta. No parecía tener miedo a nada. De pronto, apareció en su costado, una silueta roja y enorme, una especie de demonio maldito se abalanzó con enormes garras a su cuello y el video se cortó. Después de unos segundos de ruido blanco, apareció en la pantalla, una serie de imágenes que jamás saldrán de mi mente. José estaba en cuclillas frente a la puerta de la iglesia, tenía el cadáver del perro en sus manos, al menos lo que quedaba de él, las vísceras del animal escurrían como lodo hasta el suelo, el joven batía su cara con la sangre, atacaba con los dientes, la carne del can como si fuera una bestia hambrienta. Después de quedar satisfecho, echó una carcajada diabólica con la mirada en el cielo, se levantó y salió de cuadro. El video finalizó unos minutos después.

Esa tarde, cargué la escopeta de doble tiro en mi espalda por si acaso fuera necesaria, los pescados pasaron a un segundo plano, ahora iba con el objetivo de explorar la zona, y encontrar al joven rubio.

Cuando llegue a la iglesia, me acerqué a la ventana para echar un vistazo. Detrás de mi escuché una voz:

—Hola ¿Usted vive aquí cerca? —Volteé espantado y descubrí que era José. No obstante, no parecía estar poseído como en el video. Actuaba amable, usaba las mismas ropas, pero no tenía ningún rastro de sangre en ellas. Como si no hubiera pasado nada. Le contesté con desconfianza:

—Si, vivo a menos de un kilómetro de aquí

—Excelente, me llamó José. Quiero documentar un video acerca de las leyendas de esta iglesia, me imagino que usted las conoce ¿no?

—Claro, las escuché recientemente. —Mi mente no asimilaba la extrañeza de la situación, sin embargo, continúe charlando.

—Que bien, ¿Cree poder ayudarme? —Me dijo sonriendo, esperando una respuesta afirmativa de mi parte. Se notaba emocionado.

—Si, dígame. ¿Qué tengo que hacer?

—Pues acompáñeme a mi camioneta, está detrás de la iglesia. Es un bonito lugar como para tener ese nombre. Se respira un aire muy limpio aquí. —decía mientras caminaba.

Comencé a seguirlo. Mientras él me relataba su sueño de salir en la televisión con sus reportajes, yo intentaba hilar la secuencia de lo que estaba viviendo. Luego me di cuenta, era una trampa para asesinarme. Mi destino, igual que el de su perro, era servirle de alimento. Al llegar a la camioneta, abrió la puerta y cayo el pañuelo rojo que reconocí de inmediato.

—¡Ese pañuelo es de un perro! —Le grité, mientras le apuntaba con la escopeta en la cabeza

—¡Claro! Es de mi perro Cocoa, debe andar por ahí explorando —contestó José. Parecía atemorizado, tenia las manos en alto.

—¡Mientes! Mataste al perro anoche y lo devoraste

—¿De qué habla señor? Cocoa está detrás de usted.

En efecto, el perro corría hacia nosotros. parecía completamente sano, y venía dispuesto a atacar a la persona que amenazaba con una escopeta a su mejor amigo. Cuando quise reaccionar, el can brincó a mi costado, ocasionando que por accidente accionara el gatillo del arma. Los perdigones volaron la mitad de la cabeza de José.

El perro lloró en un aullido, luego corrió al río y jamás lo volví a ver. Enterré el cuerpo de José cerca de mi casa, y encima sembré un sicomoro. Desarmé cada tornillo de su camioneta y quemé el equipo de grabación para deshacerme de toda evidencia.

Hace apenas unas noches, miré la sombra de un perro echarse al pie del enorme sicomoro. Cuando me acerqué para revisar, no encontré nada. Sin embargo, escuché un aullido impregnado con un dolor desgarrador, que me erizó la piel y me ajetreó la memoria hasta la locura. Mi alma sueña con descansar, y olvidar el día en que un demonio me enredó en una telaraña de confusión, para quedarse con la calma de la vida de José, la de Cocoa y la mía.