Sin Nombre

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Me debatía entre la vida y la muerte, así funciona la simple naturaleza. Mi corazón comenzó a latir con energía y mi cuerpo se preparaba para ser un receptor de almas. Era dueño de una vida vacía, un parásito en desarrollo, no quería estar ahí, pero tampoco quería irme, al menos no hasta que mi cuerpo estuviera listo. Se suponía que el vientre materno era un lugar cómodo, sin embargo, mi madre parecía no haber desarrollado por completo su propio cuerpo.

El tiempo tiene su propio ritmo, y avanza contrariando los deseos de quien lo vigila. Me impaciento en este espacio tan reducido, siento la presencia del alma que me espera afuera del cuerpo de mi madre y me muevo a su encuentro. El alma y yo nos unimos en el alumbramiento. Doy mi primera bocanada de aire, grito fuerte para anunciar el inicio de mi vida, quiero ser escuchado en el río de las almas, en mundo de los fetos, en la tierra de los vivos. El gusto me dura un par de segundos, pues el lugar a donde llego apesta, y a pesar de que mi madre me arropa y me pega a su pecho, siento el frío del lugar.

Siento los pasos de mi madre (siempre los siento) retumbar en mi espalda, de pronto, el aroma hediondo aumenta y el calor del pecho materno disminuye. El aliento de la niña se acerca a mi frente, el tono de su voz apacigua mis nervios ligeramente, es una mujer linda. Después de unos minutos, la escucho caminar poco a poco alejándose de mí, conforme ella se aleja, el frío y el mal olor me incomodan más y más. Grito fuerte de nuevo, quisiera entender que está pasando, ella no viene, sin embargo, llega alguien más, su aliento es mas caliente, se escuchan estruendos ensordecedores, tonos de voces inquietantes. A unas horas de haber nacido, siento los colmillos de unas bestias, muerden y rasguñan, desprenden pedazos de mi cuerpo. El dolor es momentáneo e insoportable, poco a poco quedo reducido a un montón de huesos rotos y carne masticada. Me tengo que resignar a despedirme de un mundo en el que nací, viví y morí sin haber tenido un nombre.