Otra batalla perdida

Photo by Aleksandar Pasaric on Pexels.com

Escucho una voz en la madrugada. Una carcajada se diluye con el viento y me pregunto: ¿Quién se esta riendo de mí? Me levanto y me asomo por la ventana, veo que en la calle no hay nada. El cielo esta despejado de nubes. Solo está una enorme ave nocturna aleteando bajo la luz de la luna llena, custodiando los caminos, en busca de algún desdichado roedor.

Salgo al balcón para percibir de cerca los sonidos de la ciudad. Se reconocer una batalla perdida, y esta noche el insomnio me ha vencido de nuevo. He ofendido antes a las animas de las penumbras, con tan solo recostarme y cerrar los ojos fingiendo estar dormido. Ellas me desean narrar sus penas.

A esta hora escasea la vida, tanto, que me recuerda una pesadilla. Mi soledad me hace sentir como si estuviera en un gigantesco ataúd. Los muertos exigen mi compañía, y aunque mi deseo más profundo es saltar desde este balcón para acompañarlos en su mundo, mi raciocinio me detiene, y siempre me ha detenido.

Durante mi desolada estancia en este mundo, rodeado de las patéticas actitudes de las personas, de sus desprecios irracionales, he aprendido a compartir gustos con ellas. De la misma manera que encontré similitudes entre los muertos y yo, también me di cuenta de que comparto dolores y alegrías con los vivos.

Empatizo con la alegría que le ofrece un algodón de azúcar a un infante, o un beso a los adolescentes enamorados, o un hilo de estambre a un minino. Mi anhelo de vivir es tan comparable con el de morir. Existe lo dulce y lo amargo en ambos lados de la línea.

Esta por demás claro que, la oportunidad para sentir la muerte es solo una vez. El placer de esperar la muerte esta en la incertidumbre que causa el tiempo. Mi capacidad de pensar me podría ayudar a planear en mil maneras de poner el límite a mi propia vida, sin embargo, siento que tratar de estafar al destino es absurdo, pues el mismo destino es el estafador por excelencia. La fecha de muerte se debe dejar en el reloj del destino, y se debe vivir sin miedo. Porque se disfruta del sabor de la muerte propia solo una vez, pero se vive diario.