Lo que no entiendo.

Photo by Cristina Andrea Alvarez Cruz on Pexels.com

Entiendo el derecho humano primordial. Es vivir. Lo que no entiendo es para qué.

Comprendo la creencia en mil dioses diferentes. Lo que no entiendo es la fe.

Quiero encontrar sentido en el simple acto de vivir. Dios, el universo y mi propio subconsciente son testigos de que lo intento día con día.

Puedo ser empático con los pensamientos de las personas que actúan mal. Entiendo sus motivos, pero también entiendo los errores en sus acciones. Las ideas se conflictúan entre ellas y termino sin preferir un bando.

Hay mujeres y hombres que se alimentan de la esperanza. Dan un grano de arena y luchan por un mundo mejor. Le sonríen a una vida miserable y devastada. No entiendo de donde les sale la fuerza para tener esa actitud.

Un adicto moribundo, flaco hasta los huesos es consciente de que su cuerpo no puede soportar una inyección de heroína más. No obstante, su felicidad cabe en el dolor de un pinchazo. Es como si su acercamiento constante y sin sosiego hacia su propia muerte, le complementara esos huecos que hay que rellenar para alcanzar la plenitud.

Tengo mil razones para dispararme una bala de plomo en la cabeza. No entiendo de donde sale la fuerza que me detiene la mano.

¿Soy valiente si soporto el peso de vivir o soy un cobarde por tener miedo de apretar el gatillo?

Quiero desaparecer. Eliminar los rastros que he dejado en la memoria de quienes me conocen. Meter mis problemas en un ataúd y enterrarlos conmigo.

Como humanos, somos menos que la mitad de un parpadeo en la infinidad del tiempo. No entiendo que mi ausencia pudiera importunarle a alguien en el universo.

Las voces que me incitan a volarme la cabeza son equiparadas por las voces que me dicen que no lo haga. El peso de un hermoso sueño se equilibra en una balanza contra el terror de cien pesadillas.

Entiendo que existir significa estar viviendo en la realidad. Pero no entiendo que es real y que es falso. Un pensamiento, una idea, o una memoria existen, entonces son reales. 

Una bala de plomo en mi sien me convertiría en el recuerdo de un nombre.  Un registro escrito en un renglón, guardado en un archivero. Y el hecho de pensar que después de morirme seguiría siendo una carga para el universo, en forma de un acta de defunción, me agobia. Frustra mis ganas de dejar de existir.

Un millón de preguntas sin respuestas penden en la fuerza de mi dedo índice. Pego el cañón contra mi cráneo. Sentado en la fuente de mi jardín, me veo en el reflejo del agua. Anhelo no estar aquí, pero no me quiero despedir de la vida.

La pistola esta sedienta de sangre. Se asemeja a una leona al acecho de su presa, a punto de saltar.

En mi cerebro explotan circuitos de pensamientos y remembranzas, simulan una tormenta eléctrica dentro de mi cabeza. Las ideas vuelan, chocan en miles de argumentos. Dan los pros y los contras de el simple hecho de vivir. Mi corazón y pulmones se aceleran en un baile arrítmico.

El zumbido de un colibrí roba mi atención por un segundo. Me regresa al mundo fuera de la poesía y mis problemas existenciales.

El pajarillo toma del néctar de una flor ignorando mi presencia por un instante. Cuando me descubre observándolo, vuela a explorar mi ser. Rápido y en pequeñas pausas, recorre desde mi nariz hasta el tambor del revolver. Se va a mi nuca. Luego a mi oído, el vibrar de su aleteo me eriza la piel del brazo. De ahí se va a mi pecho, poniendo su costado cera de mi pecho, como si estuviera escuchando el sonsonete de mi corazón. Comienza a trinar. Es un canto hermoso.  Se posa en los geranios para beber néctar una vez más antes de irse.

El alma se me llena de paz por un momento. Doy un profundo respiro. Ese colibrí es una clara señal que envía dios, el universo, o incluso mi propio poder psíquico que, conectó mi subconsciente con esa majestuosa avecilla. Lo que no entiendo, es como tengo que interpretarla. Sigo sin saber si apretar el gatillo o no.

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