Dr. Púrpura

Sinopsis

CAPÍTULO 1

Sanatorio regional La flor del desierto

Las paredes escuchan, guardan secretos entre los rincones, esconden voces durante generaciones, voces que se terminan condenando, convirtiéndose en silencio, no hablan a quienes no las quieren escuchar, como le sucede a un tequila reposado, un sonido añejado sabe a una bocanada de fuego, arde en la garganta y trae con cada trago remembranzas que pueden doler más de lo que pueden llegar a alegrar.

La hacienda más pequeña de Martín Barraza, quien era propietario de algunas decenas de cortijos a lo largo del estado de Chihuahua, terminó por convertirse en ese tipo de lugares que guardan voces entre las paredes. Fue construida en 1887 quedando para la historia como la última edificación que mandó levantar don Martín. La bautizó con el nombre de Hacienda “Flor del desierto”, era su favorita. Estaba situada en Ciudad Corrales que era la villa natal de su esposa Esperanza, así que cada vez que visitaba esa propiedad, lo hacía acompañado por ella y por sus dos hijas, María del Refugio y María Guadalupe. Aparte de funcionar como un rancho, la hacienda fungía como sede de las reuniones familiares, estaba construida en forma de L, tenía un jardín de árboles frutales alrededor y en el interior del ángulo había un patio de lozas, una fuente en la orilla y un pozo de agua en el centro. Las paredes estaban pintadas de color blanco con detalles en rojo como el resto de las haciendas de Martín Barraza.

En 1913 la revolución mexicana tocó las puertas de la ciudad fronteriza con el norte del país buscando justicia para los hombres que trabajaban las tierras de los hacendados y vivían en la pobreza. Un sabino muy grande que creció en la orilla del río y una soga apretada en el cuello de Don Martín Barraza dieron fin a la tiranía y a la opresión de casi todo el estado de Chihuahua. Los asesinos habían sido rebeldes fieles al movimiento revolucionario comandado por el General Villa. Tomaron la hacienda para ocuparla como cuartel y esperar a la llegada de todo un ejército, pero nunca llegó. Poco a poco los soldados fueron desertando de sus puestos, regresaban a sus pueblos, otros se fueron para ver qué había sucedido con el resto del contingente; unos cuantos se asentaron en la misma ciudad. Las raciones de comida comenzaron a escasear y el resto de la tropa seguía sin mostrar señas de llegada. A las tres semanas el grupo se redujo a cuarenta y tres amotinados.

Trascurrieron nueve días cuando un soldado en una desesperación por falta de calor humano convenció a su compañero para intercambiar relaciones sexuales. Fueron descubiertos en el acto por un tercero, quien prometió guardar silencio si lo dejaban unirse.  De poco sirvió su promesa de callarse puesto que, al salir de la habitación donde se habían escondido, los esperaban los cuarenta hombres restantes quienes les mutilaron los penes a punta de machete, antes de matarlos.

El general a cargo ordenó que los enterraran a las afueras de la hacienda. Luego, envió a un soldado al pueblo, para que trajera provisiones, y además, mujeres, pues no quería que se repitiera lo recién acontecido. Así pues, el militar tomó una carreta jalada por dos caballos percherones para irse.  Cuando regresó, trajo con él comida suficiente para una semana, cuatro prostitutas y sesenta litros de sotol. Los hombres habían esperado una cantidad mayor de hembras, llevaban mucho tiempo deseando el calor del abrazo de unas piernas, ansiando saborear el perfume natural de una dama, extrañando con furia un beso apasionado. Y la noticia de tener que compartir una mujer con nueve compañeros, les cayó como un valde de agua fría. A pesar de los inconvenientes, se organizaron para tomar turnos, uno a la vez. Mientras esperaban su momento para acostarse con las muchachas, los soldados comenzaron a beber sotol. Poco a poco, el calor del alcohol y el ambiente sexual se apoderó de la hacienda. Los hombres ya ebrios, pensaron que era sensato hacer fila una y otra vez para tener sexo, pero las prostitutas se negaron, lo cual desencadenó una serie de abusos violentos. Primero, las golpearon obligándolas a cumplir con sus deseos sexuales. Cuando entró más la noche y el sotol se apoderó más del raciocinio, en lugar de seguir tomando turnospara violarlas, lo comenzaron a llevar a cabo entre cuatro soldados al mismo tiempo. Y, por último, cuando los cuerpos de las mujeres no aguantaron y se rindieron al abrazo de la muerte, el puñado de soldados desnudos, convertido en un ejército de monstruos lujuriosos penetró a los cadáveres con sus propios brazos, con piedras y palos hasta dejar expuestas sus carnes. El general de la tropa, antes de caer dormido, escudriñó alrededor de la hacienda: había treintainueve soldados y, cuatro prostitutas muertas, desnudos todos, desparramados por todo el lugar y pensó: «ojalá que mi general Villa jamás se entere de esto».

Con la resaca del siguiente día la mayoría de los soldados huyeron de la ciudad, avergonzados por lo que habían hecho. El grupo se redujo a nueve hombres, quienes se dedicaron durante 24 días a atormentar la ciudad con asaltos armados a las tiendas y raptos de personas para repetir las aberraciones cometidas con las cuatro víctimas. En total violaron y asesinaron a seis mujeres, dos niñas, un adolescente, un niño, una anciana y dos ancianos. Al amanecer del día veinticinco, había un camino de sangre de quinientos metros, desde la entrada trasera de la hacienda hasta el río. Una vereda que existía desde siempre, pero ahora estaba decorada de un carmesí oloroso. Había en las orillas restos de dedos, orejas, piernas, ojos aplastados, antebrazos, costillares, quijadas, testículos, órganos viscerales y cabezas molidas de los nueve soldados, nadie supo nunca que pasó.

Durante treinta y un años, el lugar quedó abandonado; no obstante, la necesidad de una oficina administrativa para las rancherías, los agricultores nuevos, y ejidatarios, obligó al municipio a precipitar una restauración austera y una modernización de la hacienda que funcionó desde 1944 hasta 1965 cuando el agua empezó a escasear, los ejidos se vaciaron y los despachos quedaron disfuncionales. La oficina quedo entonces, desierta otra vez, durante tres años. 

En 1968 el doctor Fernández egresado de la especialidad de psiquiatría regresó a su ciudad natal y pidió ayuda al presidente municipal para fundar el Sanatorio La flor del desierto. Este aceptó casi de inmediato, y el doctor Fernández se convirtió en fundador y director, además del único médico psiquiatra en kilómetros a la redonda. Así que la vieja hacienda fue restaurada una vez más, con una función diferente.

Tras la remodelación, la antigua hacienda terminó con un aspecto decente, aunque, las habitaciones eran frías y húmedas. El jardinero del municipio iba una vez al mes, así que la hierba se apoderaba del lugar muy rápido. La noria era un pozo poco profundo infestado de ranas y arañas. La cocinera se quejaba de que aun utilizaba cucharas y alguna otra olla de la época en que el sitio era una hacienda. El habitáculo mejor ventilado y cómodo era la habitación del doctor Fernández, que era la más grande y la más cercana a la entrada del sanatorio; se ubicaba adyacente al recibidor donde estaba el escritorio de Lucía, la enfermera que desempeñaba las funciones de secretaria, y que años más tarde sería reemplazada por Silvia. El lugar que una vez fue una hermosa casa, llena de vida, con ambiente de festival, ahora era un edificio antiguo, tenebroso, donde quienes lo habitaban escuchaban voces entre las paredes o creían escucharlas y se respiraba un aire fúnebre en el pasillo principal. Nadie se sentía solo ahí, siempre se sentían en la piel los susurros y las miradas invisibles.

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