Disfraz de alegría

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Una vez más es noche de novilunio y yo sigo vagando en las tinieblas. Muerta. Victima de una criatura sin rostro que alguna vez fue un hombre. Sin embargo, en algún tropiezo infortunado de su vida perdió su alma. Y tal vez por eso, anhela poseer almas ajenas.

Vil monstruo bajo el comando de su mal interno me raptó. El mismo cuidador del infierno se estremecería al ver como la bestia dispuso de mi carne. Recuerdo su enorme tamaño, manos grandes, dedos largos y afilados. Su asquerosa piel caliente y pegajosa. Tenia dos lenguas, la de arriba era como una navaja y la otra una broca que rompe mientras penetra hasta los huesos.

El dulce sabor de un algodón de azúcar y un disfraz de alegría fueron carnada suficiente para que me atrapara en sus garras. El escuálido renacuajo blanco aprovechó mi inocencia y la distracción de mis guardianes para lanzar el anzuelo. Lo seguí ciegamente hasta las penumbras.

Durante dos días grité y lloré de miedo. Sus manos y lenguas le causaban dolores insoportables a mi cuerpo. Me desvanecía de cansancio, despertaba solo para ver más sangre, moretones y rasguños, luego volvía a desmayarme. La ultima vez que estuve consciente, vi mi cuerpo desnudo tirado sobre un charco de líquidos que se escapaban de mí, me abandonaban con miedo y desesperanza para sumarse a los fluidos que el monstruo me escupía. La fuerza para gritar se me había terminado.

La criatura entró en desesperación pues por mas que se introducía en mis entrañas no lograba robar mi alma. En un ultimo intento, tomó algo afilado con su mano y la clavó en mi pequeño cráneo. Sentí fuego dentro de mi cabeza por un instante, luego abandoné mis restos, y volé libre, invisible ante el maligno ser.

Un costal de carne enterrado es el símbolo de la venganza y rencor del monstruo hacia mí. El engendro jamás entendió que mi alma siempre fue libre, es mi propia esencia, soy yo.

Soy el nombre grabado en un mausoleo, las lagrimas derramadas en un retrato, un recuerdo hermoso que fue machado con sangre. Una marcha encendida con velas que implora por justicia. Mi cadáver es una batalla perdida en una guerra, donde el enemigo aventaja la inocencia de una niña y se viste con un disfraz de alegría.