Dios Escondido

Dios Escondido

Bien se puede decir que las atrocidades que he cometido tienen un nombre, pero es difícil para mí admitir y confesarme, aunque haya sido yo el autor intelectual de los actos realizados, es algo complejo poder contar todo tal y como sucedió, me apena bastante, pero siento la necesidad de escribir estas páginas, al menos me doy cuenta que sigo siendo humano y todavía siento emociones como la vergüenza, el miedo y el horror. Emociones que están guardadas bajo llave dentro de mi mente, esta mente retorcida que me ha pedido en ocasiones a gritos ayuda, pero siento que los doctores modernos de esta época no han avanzado suficiente en sus prácticas ni en su medicina, como para poder hacer algo al respecto. Mis razonamientos están demasiado perjudicados y sucios, sin embargo aun están muy conscientes de que en el momento de que quisiera ser intervenido por algún médico profesional, la noticia se esparciría como se suele decir “como pan caliente”, por eso también, abandone la posibilidad de la psiquiatría. Mi posición social actual es muy poderosa, soy tan influyente que destruiría mi carrera y posiblemente terminaría en la calle o incluso seria linchado por las masas, por eso terminare este manuscrito y lo pondré adjunto a mi testamento, porque en efecto soy un cobarde.

No recuerdo el año exacto en el que llegue a ciudad Corrales en el estado de Chihuahua, pero no tenía mucho de ser un sacerdote, ya tenía cuatro años en el servicio de la iglesia. De un modo u otro las cosas se dieron y se entremezclaron de una forma en la que mis planes no tan planeados al final de cuentas se dieron, todo sucedió con una metódica tan siniestra, todo tan maquiavélico, cada situación y cada conversación, salían de acuerdo a como yo las había premeditado en mi cabeza días antes,  palabra por palabra, y le dedique tanto tiempo a pensar en llegar al cometido, que nunca me detuve a pensar en las consecuencias y nunca vi que en la ecuación iba quedar un testigo.

Tal vez eso es lo una de las tantas imágenes que me carcome la consciencia por las noches, es un cabo suelto que tiene décadas así, pero bueno, si estás leyendo esto significa que ya estoy en otro lugar en el que eso ciertamente ya no me afecta. El testigo del que hablo es también la victima de mi depravada ecuación, lo conocí porque su madre, doña Carlota, una señora morena de baja estatura, un cuerpo regordete, de una edad avanzada, con su cabello cano y madre de diez, quería que disciplinara a el menor de sus hijos que llevaba por nombre Jesús, (en algunos países llevar el nombre Jesús es considerado una falta de respeto, pero en México es honorable de cierta forma).

Cuando conocí al joven Jesús, me entere que a los pocos años de nacer, su padre había fallecido y tuvo que ser educado por sus hermanos mayores y su desgastada madre, era tímido y gracioso, y al igual que doña Carlota era muy devoto y fiel a la Iglesia, tenia doce años y ya sabía las oraciones principales y todas las funciones de cualquier monaguillo, era perfecto. Estuvo alrededor de dos años a mis servicios, a todos lados me acompañaba, pasó de estar solo en las misas de los domingos, a estar en la de los miércoles, en los eventos de caridad y al final incluso, me acompañaba a hacer mis compras personales, el joven Jesús estaba completamente entregado a Dios, y tenía una confianza ciega en mi, le dolió mucho y me lo hizo saber con lagrimas tristes, darse cuenta un día de marzo, que estaba en trámites para irme a un seminario en España dentro de unos meses más adelante, y que probablemente nunca iba a volver a esa pequeña ciudad donde conoció gracias a mi la fe, lo que no sabía  el joven Jesús es que ahí mismo la iba perder también gracias a mi.

A finales de junio de ese mismo año, estaba como habitualmente lo hacia el joven Jesús, planchando mis pantalones y lustrando mis zapatos, mientras que al mismo tiempo me esperaba para que yo le ayudara con sus tareas académicas. Yo estaba bañándome en el baño de la casa que me habían asignado por ayuda de una familia económicamente bien acomodada, era un baño grande, de unos tres por cinco metros, la regadera estaba hasta el fondo, puede parecer que no es importante la localización de la regadera ni del baño, pero es para que me entiendan un poco lo que me aconteció enseguida. Vi que la puerta del baño estaba abierta de par en par, se abrió tan despacio, tan lento, que al principio lo percibí solo porque una leve brisa comenzó a deslizar el vapor de agua y me refresco la nuca, y es justo aquí donde no me van a creer, lo que vi. Yo me hubiera esperado que fuera el joven Jesús entrando a confesarme que estaba enamorado de mi, después de todo es lo que yo de alguna manera deseaba, pero no era el muchacho, era una horrible imagen la que estaba frente de mi, era una figura humanoide, y se deslizaba tan despacio hacia la regadera, despacio pero a paso firme, bueno, paso firme solo es un decir, porque no movía sus alargadas piernas, era como si flotara en el aire, tenía sus manos y sus pies como las de un lagarto grande, y su piel parecía que se la hubieran arrancado unos segundos antes, porque estaba roja como la carne cruda, brillosa y grasosa, todo su cuerpo tenía un aspecto cadavérico, muy delgado, se alcanzaban a notar los huesos de una columna encorvada, que si no fuera porque estaba en esa forma curvada por la espalda, la criatura no hubiera entrado en los dos metros y veinte centímetros que media el baño desde el suelo hasta el techo, pero lo más horrible de todo era su rostro, esa cara parecía una combinación extraña y deforme entre un hombre y un cerdo, un cerdo con enormes colmillos, ojos enormes, alargados y negros como una noche sin estrellas, su nariz redonda y grande, igual que la de los puercos, pero en cambio no estaba alargada hacia afuera, y sus orejas eran dos simples orificios a los lados de su cabeza, era algo que con solo ver, causaba nauseas y terror,   no tenía ningún tipo de vestimenta, solo tenía una cruz de madera muy grande colgada con un estambre negro de su cuello, una cruz lisa, sin ningún tipo de inscripción ni bordes, era sencillamente una cruz.

Avanzo hacía mi hasta que su trompa de cerdo babosa rozo mi frente, luego emparejo sus ojos con los míos y estando yo orinándome literalmente de miedo, en estado completamente catatónico al punto de desvanecerme, abrió sus fauces dejándome sentir un olor a carne podrida, como una carnicería con unas semanas de abandono, y me dijo con una voz que parecía provenir desde el estomago de la criatura como un eructo que susurraba.

-¿Qué estas esperando? –Quise empezar a rezar el padre nuestro pero la criatura esta vez con un semblante que daba el aire de una sonrisa malévola me interrumpió.

-No tienes necesidad de rezarle a Dios, no me digas que está contigo, de sobra se que está contigo, y sé que el omnipotente todo poderoso está agradecido porque has sido tan servicial hacia él, y él sabe exactamente todo lo que piensas, tu le has entregado tu mente y tu alma desde el día de tu confirmación. Y sabe lo que tienes planeado hacer con el joven Jesús, creíste que era él y no yo cuando entre aquí, no me puedes engañar.

-¿pero quién eres tú?, ¿has venido a castigarme? ¿Eres el verdugo de Dios?

-Yo soy Dios, yo soy ese al que le has entregado tu mente y tu alma, a mi me has hecho todas esas oraciones, todas esas imágenes que tienes de mi están equivocadas, a mi me has entregado todos tus pensamientos, y si no fuera por mí no estarías aquí, y mi eterno enemigo intento muchas veces persuadirte en tus años de seminarista para que dejaras el habito, te envió bellas mujeres enamoradas de ti, pero me fuiste fiel, soportaste tu castidad, y hoy va ser el día que me entregues lo que me falta, vengo a poseer tu cuerpo, para que así tu también puedas poseer el cuerpo del joven Jesús.

-De en medio de las piernas de esa criatura, salió un miembro viril masculino, tenía una forma normal como la de un humano pero su tamaño era desproporcionado, era demasiado grande.  Con la rapidez de la luz, la criatura montó sobre mis hombros y empezó a desaparecer como por un vórtice en mi espalda, conforme se iba desvaneciendo, yo me sentía más ligero, mas aliviado y con una extraña sensación de que en realidad había visitado a Dios, estaba eufórico, y sentía que la adrenalina corría por mi cuerpo. Salí a trote del baño, pero al llegar a la recamara donde estaba el joven Jesús, implemente los diálogos que ya había premeditado desde hacía mucho tiempo atrás, cuando comencé a ganarme la confianza del niño, le dije que había salido desnudo del baño porque tenía días con un dolor que me causaba el celibato y que era necesario que el me ayudara a conllevarlo, tome sus manos y lo hice que me tocara mi pene, su inocente rostro de adolecente perdió el brillo, reflejaba angustia y miedo, pero se veía que lo hacía por misericordia a mi dolor fingido, luego de un rato que lo vi confundido y demasiado torpe, perdí el sosiego, lo desnude sin usar la fuerza, el chico ni siquiera intentaba detenerme, estaba quieto, sereno, como un cordero acostado listo para que el carnicero haga su trabajo, solo no paraba de llorar, lagrimas silenciosas, y así en medio de lagrima, saliva, sangre y excremento yo hice mío el cuerpo del joven, tal y como me había dicho la criatura. Cuando termine, limpie al infante, y le pedí que nunca fuera a decir nada, que así fue la voluntad de Dios, y por haber sido a un cura a quien ayudo, Dios mismo le iba a estar agradecido.

A las pocas semanas me fui de esa ciudad a España, donde hice mis servicios de padre un par de años más, estuve en Alemania y regrese a México, a Guadalajara, y en todos y cada uno de los lugares en los que estuve, la historia se repetía, con mas niños y niñas, la criatura siempre se me aparecía justo antes de cometer los actos de los cuales me arrepiento, y en cada una de las iglesias que visité, y en cada cruz, en cada maldita cruz, del tamaño que sea sin importar el color, los diseños diferentes, los lugares en donde estuvieran, aunque fueran cruces católicas o cristianas en todas esta la criatura cara de cerdo que me asegura siempre que es Dios, siempre persuadiéndome para cometer los delitos más sucios e impíos que un hombre puede cometer.

Estoy casi seguro que al resto de mis compañeros cardenales, también se les ha aparecido la criatura cara de cerdo, y también platica con ellos en sus dormitorios. Hoy apareció frente a mí en la mañana solo para decirme que yo iba ser el siguiente para ascender, que ahora era mi turno, de que mi nombre sea elegido en la capilla Sixtina, que el se iba a encargar de todo, solo necesitaba esperar once días.