Un rapto en domingo.

Son las 6:30 de la mañana, sigues dormido, soñando que estas junto a tu mujer y la mejor amiga de ambos, los tres estuvieron juntos en la universidad y ahí están ahora, sonriendo en tu sueño, viendo un río que va con fuerza y arrasando con todo.

Alguien suena la puerta y se aligera tu sueño. —¿Quién será? —te preguntas.

Escuchas la voz de tu hijo en la sala, diciendo —¡ah es un paquete, yo quiero ir por el!

Sabes que tiene prohibido abrir la puerta a desconocidos. Es domingo, y te desvelaste la noche del sábado, limpiando la casa con tu esposa.

Ves la ventana, y no hay nadie afuera, solo un bonito día soleado.

Escuchas que tu hijo gira el picaporte y abre la puerta. —Hola —lo saluda una voz femenina.

Esa voz es irreconocible para ti. Te quieres despertar para correr a la puerta, pero sigues soñando con esa ventana de un día soleado.

—Vamos, alguien se rapta a tu hijo, ¡¡despierta!! —Te dices.

Por fin, tu sueño y tu realidad se juntan para que abras los ojos y te levantas de un salto. Es enero, a las 6:30 de la mañana, la oscuridad reina por todos lados. Te incorporas, corres al mismo tiempo que terminas de despertar, ves por la ventana y no hay nadie, solo penumbra.

Vas a la recamara de tus hijos para estar seguro, y los ves ahí, durmiendo en la litera. Das un respiro de alivio, solo era una pesadilla. Lo único malo que pasó, es que te despertaste un domingo a las 6:30 de la mañana y ya no tienes esperanza de seguir durmiendo. Una voz de una mujer, logro raptar tu sueño.

El Ángel de Marla

Las amigas de Marla la llamaban sonsa, pero era de cariño, ya que era una abreviación cómica de la palabra «sonrisas», que era como le decían los maestros de la secundaria, porque siempre estaba alegre, sus ojos siempre brillando, y sus labios se extendían tanto hacia arriba que sus mejillas querían romperse de lo estiradas que las mantenía. Yo estoy segura de que era por el ángel guardián que siempre estaba ahí con ella: no sé porqué nadie tenía la capacidad de mirarlo, nada más yo, y creo que moriré sin saberlo, pero siempre estaba ahí, cuidando de la niña y pendiente de que no sufriera.

El ángel era muy parecido a las tantas imágenes que existen de la muerte, un humano en puros huesos, cubierto con un manto negro y con una hoz en las manos; y aunque el ángel sí tenía una ligera capa de carne y una de piel, conservaba la similitud con el esqueleto desnudo, pero no traía puesto su manto ni la típica guadaña: en lugar de eso tenía unas enormes alas color sombra (igual que el resto del cuerpo) que le cubrían la espalda y que solo vi desplegarse un par de veces. En el  pecho tenía tatuada, o más bien cicatrizada con hierro caliente, la forma de un triángulo isósceles con la punta hacia abajo, y sus ojos no eran huecos como los de las calaveras, estos eran más bien parecidos a los ojos humanos, pero un poco más grandes, sin pestañas y con la esclerótica del color de un atardecer en el desierto. La primera vez que lo vi apareció en un sueño, venía hacia mí desde una carretera vacía que reconocí a las afueras de mi ciudad; avanzaba flotando sin necesidad de usar las alas y no se detuvo hasta que estaba a un metro de mí, alto e imponente. Hizo una mueca de una sonrisa forzada y un tanto macabra y desapareció convertido en un humo negro que me hizo despertar en el momento en que lo respiré. Luego regresé al mundo real, y en mi cama todavía agitada, todavía con la sensación del aroma de café con pimienta que me dejó el humo del ángel en la nariz, oí ruidos en la casa, gritos de hombre y pasos a tropel.

Eran tres hombres armados que habían entrado buscando a mi hermano mayor, iban dispuestos a darle una paliza porque les había hecho perder dinero en uno de sus tantos negocios ilícitos, y no tardaron en encontrar su habitación, que estaba en fila después de la de mi madre y antes que la mía. Primero oía uno de ellos sometiendo a mi madre, quien gritaba y lloraba mientras pedía que nos dejaran libres y que no nos hicieran nada a Jordi ni a mí, y al mismo tiempo los otros dos golpeaban muy duro a mi hermano y le gritaban amenazas e insultos. Después de unos minutos, mi madre ya no pedía por nosotros, sino por ella; pedía que la soltaran y gritaba: « ¡Por favor, no!». Luego no se oyó nada desde su habitación, pero en la de mi hermano aún se oían pasos y los destrozos que hacían con los muebles, porque traían a Jordi de los brazos en rastras hasta el pie de mi cama. Mi hermano ya no tenía fuerzas suficientes para hacer nada, solo para hablar y para ver. Yo tardé unos segundos en reaccionar, paralizada como si fuera una espectadora en aquella escena de terror, hasta que uno de los dos hombres que estaban sometiendo a mi hermano subió sobre mi cama y dirigiéndose a Jordi dijo:«Quiero que pongas atención: si tú nos chingaste a todos, cabrón, te toca ver cómo me cojo a tu hermanita». Así fue la manera en que Marla fue concebida, que enlazó para siempre en mi memoria la luz de la luna, un hombre que se convirtió en el rostro de mis pesadillas, el dolor de ser desvirgada y un ángel oscuro y premonitorio.

Nos mudamos a la capital en julio, cuando le dije a mi madre que estaba encinta, y fue allá que cumplí cinco meses de embarazo y quince años de edad. Yo estaba segura de que estaba embarazada desde el primer día, porque desde esa mañana el ángel se paseaba por la habitación donde yo me encontrara: si yo estaba en la sala, el ángel se paseaba alrededor de los sillones, por enfrente de los vecinos, familiares y amistades que venían, según ellos, a ayudar, pero más bien era el morbo lo que los atraía; y ninguna de las decenas de personas que entraron a la casa se dio cuenta del ángel, así que yo nada más lo podía ver; pero aun así, yo sentía que su presencia no se debía a mí. Nunca le tuve miedo, pero tampoco me daba confianza.

Así que ahora éramos cinco en la casa nueva: mi madre, Jordi, el ángel, Marla y yo, aunque mi hermano vivía solo unos meses con nosotras y otros en el norte del país, donde continuaba vinculado a sus negocios ruines e ilícitos. Supe que el ángel era totalmente de Marla cuando la salvó del único intento de aborto que yo misma llevé a cabo con una receta que miré en un reportaje de un noticiero local de televisión. Aunque hubiera estado con tres semanas de embarazo, en aquel entonces era ilegal abortar, y además este era un brebaje fácil de preparar y barato de conseguir. Pero tan pronto como lo bebí caí desmayada en el piso de la cocina, y tuve un sueño con el ángel por segunda ocasión, casi igual que el de la primera vez, la diferencia fue que ahora no hizo la mueca de sonrisa forzada, esta vez no tenía ninguna expresión, y se convirtió de nuevo en humo, que ahora era de un color azulado y brilloso y me hizo despertar con náuseas suficientes para provocarme el vómito y expulsar el brebaje junto con la cena del día anterior y el desayuno de esa mañana.

Marla nació un sábado, 2 de noviembre, con los ojos cerrados de soñadora, serena y sonriente. La amé a partir de ese instante. Siempre tuve el temor de que se fuera a parecer a su padre biológico y de que yo la fuera a odiar por eso, pero no fue así, excepto por un día, once años después, que llegué a casa tras haber abusado del alcohol y de algunas drogas que no sabré nunca cuáles eran exactamente. Me asomé a su habitación y vi su rostro bajo la luz de la luna; no pude sentir nada más que odio y me abalancé hacia ella apuntando con las uñas a su cara, la cual me recordaba al hombre de mis pesadillas; pero el ángel arrastró la mochila de la niña a mis pies, de modo que yo tropecé y caí de cara en la orilla de la cama. Esto me hizo recapacitar y me dejó, además, una cicatriz en la mejilla que me recordaría la escena el resto de mi vida.

Cuando la niña tenía tres años de edad, Jordi regresó, esta vez para no irse ya de la casa, aún con mente criminal que estaba más corrompida que antes, y con un notable incremento de su adicción a la cocaína. Pero lo peor de todo es que regresó tan pobre como nunca lo había sido; eso sí, su espíritu ladino y su fluidez para hablar y engatusar a las personas venían inmutados. Así, entonces, llegó directamente conmigo y me ofreció trabajar para él. Me dijo que había conocido a muchos padrotes en su última vuelta al norte del país, y que ellos hacían mucho más dinero de lo que mi madre pudiera hacer en una quincena de trabajo duro en la maquiladora y mucho más aún delo que yo ganaba por mes haciendo bizcochos, y de una u otra manera me convenció para ser la dama de compañía de un hombre durante una fiesta. Me dijo que iba a pagar muy bien y que lo duplicarían si yo me comprometía también a dormir con él, y más por necesidad que por otra cosa, acepté.

Y durante ocho años mi hermano fue uno de los proxenetas más buscados, tanto por los clientes como por la ley. Supe de muchos casos de mujeres asesinadas que también eran prostitutas, pero trabajaban en las calles y no en un lugar con la protección de la que gozábamos mis diez compañeras y yo. Aun así, antes de cada encuentro con un desconocido se sienten miedo y nervios, porque nunca se sabe si la persona tiene algún fetiche extraño o algún problema mental. Mi hermano me sacó del mercado cuando me golpeé la mejilla en la cama de Marla; me apodaron «la puta de la cicatriz» y me tuve que vender por mi cuenta y por menos dinero, aunque aun así podía sostener una vida de lujo para Marla y para mi madre.

A pesar de lo que se pueda interpretar, no le guardé rencor a Jordi nunca por dejar de venderme: era simplemente un empresario con un pésimo concepto de lo que era la moralidad. Lo odié después de que murió, cuando tomó la decisión de mezclar la prostitución y el tráfico de drogas: son dos negocios que, aunque pertenecen al mismo mundo de lo ilegal, no van de la mano y no los manejan el mismo tipo de personas. Una tarde de hace casi un año, nos encontrábamos en el parque de enfrente Marla, que estaba jugando con un balón; mi hermano, que hacía una llamada por teléfono, muy alterado, en la acera del parque; y mi madre, quien sostenía una plática casual conmigo, sentadas en una banca. Dos hombres se estacionaron en la mitad de la calle y empezaron a descargar una ametralladora desde un automóvil. Primero le dieron a mi madre en la frente; a mí me rozaron la pierna derecha, pero cuando la ráfaga se direccionaba a Marla, el ángel hizo rebotar el balón sobre la ametralladora, lo que provocó que el hombre se impactara dos balas él mismo, una en la pierna y otra en la mano, y una más, como cosa del destino, en la cabeza de su compañero. Fue tiempo suficiente para hacer correr a Jordi para enfrentarlo con una pistola más pequeña que siempre cargaba con él, pero el hombre herido aún tuvo fuerza para recibir dos impactos más en el pecho y dar tres en el abdomen de mi hermano, lo que dejó una escena con tres hombres adultos y una anciana muertos y una puta con, ahora, dos cicatrices. Hace apenas una semana soñé por tercera vez con el ángel, y como la primera vez, volvió a sonreír, pero el humo con el que habitualmente me despertaba era morado fosforescente y el olor era exactamente el del perfume natural de Marla. Cuando desperté, Marla gritaba y lloraba desde su cama; nunca había sufrido ni siquiera un resfriado y ahora agonizaba de dolores en todo el cuerpo, se retorcía y se doblaba en posición fetal. No tardamos en llegar al hospital ella, el ángel y yo, pero todo fue en vano, ningún doctor fue capaz de diagnosticar el porqué de su muerte. Marla murió a los quince minutos de estar en el hospital, cuando tenía quince años de edad, el 15 de octubre. Hoy, frente a la caja fúnebre de Marla, con la mirada fija en la frente de la niña, el ángel desplegó las majestuosas alas por última vez: tomó en una mano con mucha cautela una esfera de luz que salió lentamente desde el cajón, la pegó contra su pecho y se fue aleteando al horizonte, rumbo al lugar adonde se van las almas de las niñas inocentes que siempre están sonriendo.

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Asa Limbú

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Felipe siempre había sentido que le faltaba algo y muchas noches se había sentido legítimamente mal. Su vida había sido siempre sencilla. Tenía una familia amorosa, una esposa que lo amaba, una hermosa casa y un buen empleo. Sin embargo, ese hueco que sentía en medio del pecho cada vez era más frecuente y le producía una inmensa nostalgia por algo que no sabía qué era. Preocupado y en absoluto secreto, acudió a ver a un psiquiatra. Tal vez necesitaba ayuda profesional. El doctor Ramírez era un psiquiatra de renombre, especialista decían, en casos poco comunes. Tuvo suerte en conseguir una cita y al llegar al consultorio la terapia daba comienzo.

Detrás de un escritorio de ébano estaba el tan afamado doctor. Vestía de acuerdo con su profesión. Con un gesto amable y en silencio, le indico solo con un dedo a Felipe la silla, dándole a entender que tomara asiento. Luego tomo una posición relajada y se acomodo para hacerle unas preguntas aparentemente de rutina.

—Su nombre es Felipe, ¿cierto?

—Sí. Saqué cita desde hace algunas semanas. —Felipe contestó nervioso e inconforme con su propia respuesta.

—Si, bueno, tengo mis razones para alargar el tiempo para las citas. Verá usted, yo ya se cual es su padecimiento. Ahora beba del vaso que esta frente a usted. —El doctor señalo un vaso negro enfrente de Felipe.

—¡Pero doctor! ¿Me quiere medicar así nada mas de buenas a primeras?

—Es solo agua, para tranquilizarle, ande, beba ya.

En efecto, el liquido tenía el sabor del agua, y Felipe se comenzaba a tranquilizar, pero poco antes de beber el ultimo sorbo, sintió un frio en el cuerpo, como si se convirtiera en hielo de pies a cabeza, su vista se nubló, y solo alcanzó a distinguir una mujer que se le acercaba con una almohadilla antes de quedar inconsciente.

Cuando regresó en sí, estaba esposado de manos y pies a un sillón muy cómodo, su boca estaba sellada con vendas. Frente a él estaba una pantalla apagada, parecía estar en un salón rodeado con sillones de todos tamaños, colores y formas.

No habían pasado cinco minutos para cuando apareció caminando el doctor, vestido ahora con una túnica azul, venia seguido de seis o siete entre hombres y mujeres de diferentes razas, también vestidos con la misma indumentaria. Todos, incluyendo al doctor, tenían un collar de piedras de muchos colores muy hermoso. La procesión se detuvo en las orillas del sillón en silencio mientras Felipe se retorcía y daba gritos ahogados por la venda.  

—¡Tranquilo Felipe! —Gritó el doctor, logrando que se hiciera un silencio en el lugar. —Tu viniste a buscar ayuda y eso tendrás. Somos la secta de salta mundos, el universo nos invoca cuando un Asa Limbú pierde el rumbo de su destino. Nosotros aparecemos para salvarle.

Felipe se quedo boquiabierto y tan impresionado con la rareza de la situación, que ni siquiera notó que le habían quitado la venda de la boca.

Con tono apaciguador, continuo el doctor.

—Bien, tu estas inconforme con tu vida, según lo que sabes, no te falta nada, ¿cierto?, pues no estás viendo la realidad.

En la pantalla frente a Felipe, apareció una fotografía de una hoja de papel, en la que se distinguía el nombre completo de él, junto con la de una decena de compañeros de trabajo, en el titulo de la página se leía “recortes de personal”. Luego las fotos comenzaron a chorrear por la pantalla, una secuencia que ponía en evidencia a su esposa siendo participe de múltiples orgias y tríos sexuales.

El estómago de Felipe se empezó a hacer chiquito de dolor, y el llanto se hizo presente. El doctor vio que lloraba y soltó una sonrisa disimulada, luego se reincorporó al gesto serio con el que había entrado al lugar y continuó hablando mientras cambiaban las fotografías de su esposa.

—Te sentías mal en tu trabajo y no sabías porque, ¿Verdad? ¿Los besos y las caricias de tu mujer te sabían extraños estos últimos años? Piensa, ¿Qué más te molesta Felipe?

Entre las imágenes aparecieron unas de su hija de diecisiete años practicándole sexo oral al mejor amigo de Felipe. Y la voz del doctor se escuchaba más intensa

Sientes que estás solo en el mundo y que todos te dan la espalda. Tu corazón siente cosas que no puedes explicar. —el volumen de la voz del doctor incrementaba —Tus ojos y tus oídos son ciegos y sordos a la voz de tu interior. ¡Escúchala, Felipe! ¡ya es hora de despertar! ¡Despierta!

Felipe despertó en el sillón de su sala, confundido. Miro el reloj en la pared y se dio cuenta que faltaban minutos para la hora de su cita con el psiquiatra. Se levantó para conducir hasta la dirección. Al llegar, notó que el edificio era el mismo, pero ahora estaba abandonado, solo había basura en el piso, ropas viejas y botellas de cerveza. En el fondo vio su reflejo en un espejo sucio, y se dio cuenta que traía puesto el collar de piedras que usaban los de la secta de los salta mundos, se lo quitó y vio que una de las piedras, la del color mas atractivo a sus ojos, tenía escrito Asa Limbú en letras plateadas. Se lo volvió a colgar y escuchó la voz del doctor diciendo “No estas solo, ve y descubre las verdades del universo, suelta las cadenas invisibles que te mantienen atado a una vida que no quieres vivir”

El espejo se reventó en pedazos dejando ver al otro lado, en una ventana del edificio de enseguida, se veía claramente a la esposa de Felipe en una sala, rodeada de cámaras y personas desnudas teniendo relaciones sexuales. A partir de ahí, Felipe se dedicó a caminar libre, descubriendo mundos, siguiendo el camino que marcan sus corazonadas, dominando las habilidades que le fueron ofrecidas al nacer, viviendo con la fortuna de haber descubierto que en el fondo era un Asa Limbú.

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Muy bonita poesía la de mi amigo Ivan 🥰

Submarino de hojalata

Date un like,
pues tú opinión
es la única que te ha
de hacerte sonreír
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y sal de la vida
de fotografía
y momento congelado.
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y vive bajo un sol,
sin filtros impostados.
Date un like
y mira a unos ojos cercanos,
una conversación
ausente, divertida,
diferente.
Date un like,
que te lo mereces.
Sentir la lluvia,
sentirte alegre.
Dejar en suspenso
el mundo de fantasía,
de alegría congelada
en un instante que no
muestra la desesperanza.
Date un like…

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Carta borracho

La tristeza. Ahí estaba escondida, tenía meses sin visitarme. Vino de nuevo a golpearme en el estómago. Ella cada vez mas fuerte, y yo, cada vez mas jodido. Detesto a los borrachos, para mi son gusanos. El alcohol convierte una persona de respeto, en un insecto. Así me hace sentir esta tristeza, oscura, despiadada.

Siento que me aprieta del cuello y me tira al suelo, al fondo del pozo, como en una tumba. Y ahí me hace tocar a las puertas del infierno. Quiere que mi mano tome la mano de la muerte.

Maldita, maldita mil veces esta tristeza que me hace sentir como gusano. Así que bebo. Bebo a bocajarro para liberar el llanto, deseo dejar fluir con mis lagrimas y mis suspiros este sentimiento que me asesina.

Una vez mas quiero rebanarme el cuello con mi navaja española. La fobia a la sangre me detiene. “Maldito cobarde!” pienso.

Y tomo mas alcohol. Una soga en el cuello se antoja complicado. Extraño mi revolver, si estuviera aquí se solucionaría mi problema. Entonces considero las pastillas, ya lo había hecho antes, tal vez ahora lo logre. Tomo cualquier envase del botiquín y lo vacío en la mesa. De una por una las mastico y me las paso con alcohol. Lego a la sexta pastilla y pienso en mis hijos. Lloro un poco más.

Deseo todo el amor y la felicidad para ellos. Quiero que mi esposa se sienta plena. Pienso en ellos un largo tiempo y sigo bebiendo brandy del pico de la botella. No quiero arruinarles la vida, causarles un trauma al ver el cuerpo muerto de su padre, una mañana del domingo.

Bebo un par de tragos más y escribo esto.

Deseo morir con todas mis fuerzas. Pero soy un cobarde que no tiene el valor. Así que espero que la muerte lea esto, se apiade de mi familia y su futuro y que me lleve.

Los alcohólicos son gusanos cuando beben, yo lo soy todo el tiempo.

P.d

Si eres la muerte, y estas leyendo esto. Por favor, cuidalos y protegelos, y llévame contigo.

Inanición

Como un pajarillo que se va del nido, así voló el amor mío, dejando un crio con el estomago vacío, y un corazón extrañándolo, muriendo de frio.

Prometió regresar a este hogar, mantuvimos las esperanzar vivas de volverlo a abrazar. Se sintieron tan reales, sus palabras y su mirar. Fue imposible no confiar. Ahora comemos tierra con sal.

Abandonados por el azar, en una madriguera alejada de la ciudad, en medio de un desierto desconocido de la sociedad. Me hace llorar el hambre, el frio y la soledad.

Me pregunto si habrá sido capaz de asesinar, el lucero que entre él y yo pudimos crear. O si en algún otro lugar, tal vez su vida encontró el final.

A mi lado está, un alma inocente y vulnerable, con ganas de vivir. Sin duda estoy, de que jamás podrá sentir, el calor de su papá.

Una lluvia casual, un insecto que se arrastra o la sangre de mi pulgar, mantienen tranquila su ansiedad. Su pequeño cuerpo tiene necesidad, exige comer lo que sea por piedad, con un llanto enfermo de debilidad.

Busco salidas a mi alrededor, pero no hay senderos para escapar. Del cielo alguien nos viene a arrullar. Una brisa leve, entona una melodía otoñal. Abrazo con todas mis fuerzas al costalito de amor. Mientras la muerte nos susurra su canción, el recién nacido me regala una sonrisa, la mas hermosa del mundo, y respiro el aliento de su último suspiro.  Así mismo, cierro los ojos, y me entrego a mi propio catabolismo.

Olvida el hambre y el dolor, pequeñito niño de algodón, nuestras almas se van juntas, danzando al ritmo de un son. Tu debilitado corazón, la fatal inanición, y toda la aflicción; se quedan para siempre en la tierra, pero tu y yo, nos vamos a ese lugar, donde todo estará mejor.

Edel

Submarino de hojalata

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Siete años a su lado fueron suficientes para amarla y respetarla. Se que ella me amaba hasta la adoración, lo sentía en sus caricias y sus mimos. Encontraba consuelo en mí y lo único que yo hacía era acompañarla y escucharla a diario. Al contrario de Vanda, su hija, quien la visitaba una vez al mes. Cuando se aparecía por la casa, yo pasaba a la cocina a saludarla y me regresaba a la habitación donde dormía al lado de Selma.

—Edel es muy raro, no me da buena espina. Cada vez que vengo, va y se encierra en tu recamara, mamá. —Decía Vanda.

—Déjalo vivir a gusto. No te hace mal, y a mí tampoco. Mientras yo lo quiera y él a mí, no tiene porque preocuparte nada. —le contestaba Selma, cerrando así el tema de nuestra relación. Y ciertamente, Vanda no tenía…

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El perfume de la muerte

Submarino de hojalata

Conforme pasa el tiempo, su aroma se percibe diferente. Cuando está fresca sabe a llanto, a sollozos y dolor. Arde desde el pecho hasta el amargo nudo que se forma en la garganta, con cada respiración.

Pero cuando pasa el tiempo y se añeja, la muerte huele a recuerdos. Deja un sabor en los labios, de una lagrima silenciosa, que se derrama desde una mirada perdida en memorias; en remembranzas de momentos que fueron dulces alguna vez y que, jamás se repetirán.

Me acompaña en todo momento, mofándose de mis miedos. Se disfraza de aliada o enemiga. ¿Quién domina el tablero, cuando uno es quien asesina?

Desde siempre y hasta el final, tomada de mi mano camina.

Hace falta vida solamente, para experimentar cómo es que se siente, el misterioso perfume de la muerte.

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¿Qué le pasa a Dago el dragón?

Revista Cometas de papel

La bruja Agatha y Peter el pirata, apagaron la fogata y tomaron su equipaje, pues emprenderían un viaje. Iban al reino de las Frambuesas, para visitar a Berry la princesa.

Al mirarse con su amiga se dieron un abrazo. Y ella puso té y galletas de fresa en la mesa. Berry notó, en el rostro de sus amigos, algo que parecía tristeza.

—Amigos míos, pienso y pienso, y se me quiebra la cabeza. Quiero entender cual sentimiento es el que los apresa. —les dijo Berry

Y Peter luego le contestó:

—Perdónanos querida princesa. Eso que vez en nosotros, se llama preocupación. Y sentimos eso, por nuestro amigo Dago el dragón.

—Si es verdad. Se había portado un tanto extraño. Y tenemos miedo, de que se ha hecho daño. Tal vez se ha comido una planta, con la que hago mis brebajes mágicos, para la garganta, pues se la pasa canta…

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