Predicho

Photo by Pixabay on Pexels.com

“De una forma u otra, su vida me pertenece. El doce de diciembre, dale un balazo en la sien y encomienda su alma a la virgen María” —me dijo la muerte. La vi a través de la ventana, luego, la sombría entidad, desapareció en la neblina madrugadora del desierto. Mientras yo mojaba con fomentos, la frente de Margaret.

Tengo el revolver preparado desde entonces. Cambié mis bienes por oro, con el cual pude sustentar las viandas para el viaje de huida y las, hasta ahora inútiles, medicinas de mi mujer.

Ahora, su cuerpo agoniza dentro de la carreta, los saltos le atormentan el cuerpo. Llevo a paso firme y los más rápido que puedo, la marcha de los caballos. El desierto, la noche y la lluvia no son algo que me atemoricen. Si es que lloro, es por escuchar sus quejidos de aflicción. Me desgarran el corazón.

Buscamos refugio y ayuda, con el brujo de la tribu Navajo. Se dice que los nativos tienen los conjuros que espantan a la muerte.

La tormenta se arrecia e intranquiliza los caballos. Los aullidos de los lobos aumentan conforme avanzamos y empeoran la situación. Las bestias espantadas, descontrolan la estabilidad del carruaje provocando que nos desplomemos poco antes de llegar al río.

Un bulto de carne se queja a unos metros de donde caí yo. Es mi amada, no tiene fuerzas, ni siquiera para llorar. Siento que me rompí un par de costillas. Me acerco a rastras, para sostener la mano de Margaret por última vez, y terminar con su dolor de una vez. Pero antes de rozar sus dedos siquiera, la tierra se derrumba y hace caer su delicado cuerpo en un torrente de agua donde es devorado por la furia de la creciente.

La bala entonces será para mí. Y en un alarido, antes de dispararme, le rezo: ¡Oh muerte burlona y engreída, no separes su alma de la mía, y llévanos juntos a los brazos, de la virgen María!

Elixir de los humanos

Photo by fotografierende on Pexels.com

Mary es así, le gusta que sus invitados beban café. Cuando visitan sus padres, lo acompañan con galletas caseras. Si se trata de Karen, es mezclado con brandy. Y es un visitante que la va a acompañar en la cama, la bebida se pospone hasta terminar el acto sexual.

En lo personal, el aroma me fascina; y más aún, me encanta escuchar el sonido de la cafetera. Es casi tan delicioso, como sentir las caricias de Mary en mi espalda, mientras que, tendido en sus piernas, ronroneo.

La última vez que bebió del elixir de los humanos, lo acompañó con un bote completo de pastillas, las mismas que usa para no sentirse triste. Es curioso, pues siempre se toma solo una o dos.  Escribió una pequeña nota que, dejó en la mesa, luego se tendió sobre la cama. Me abrazó y lloró. Lloró hasta que se quedó dormida.

Ahora, en esta enorme reunión en su casa, todos lloran. Están en su sala, beben café un su honor. Ella sigue dormida dentro del cajón, y yo… la extraño.