Versos de Mariachi

Irresistibles tus labios, cubiertos de oro. implorándome otro beso, conociendo lo imposible de eso. Nos extrañamos uno al otro, tratando de evitar nuestro exceso.

Dentro de esa caja lloras. Quieres que la abra, y que a tu cuerpo corra. Que te abrace de las costillas, como en aquellos buenos días.

Un caballito de mezcal a tu salud, y otro a la mía, si se te antoja. Poco a poco nuestras almas, de nuestros cuerpos se despojan. Fui aventurero y fui loco. Tu fuiste mi cielito lindo. Mi cielo rojo.

La vejez y una enfermedad me acongojan. Nuestros suspiros llegaron una vez, desde mi México lindo y querido, hasta los labios de una salerosa, linda y hechicera malagueña.

Y ahora, mi aliento no tiene fuerza, para darte un ultimo beso. Me duele hasta los huesos, los pulmones y el corazón; tener que escribir, nuestra propia historia de un amor.

En verdad que, no hay otra igual. ¿Qué voy a hacer, si deveras te quiero? Mi vida se me va en bailar los dedos. Extrañando tocar tus pistones de nuevo.

En el palenque no cantan los gallos golones, cantan los mariachis, cortejan a la audiencia, con el jarabe tapatío.

Con un arpa y una pianola, me persigue la llorona, socarrona que es la muerte, cabrona como ella misma, cuando acecha a una persona. No llores, cucurrucucú paloma.

Trompeta de mariachi, te quiero volver a besar. Que mi aliento junto al tuyo, lleguen hasta Tecalitlán. Que van a saber de amores, los doctores.

Que van a saber del son de la negra, como la paloma, como mi suerte. Prefiero que llegue la muerte, antes que perderte.

De la música he sido Amador, de la trompeta trovador. Una enfermedad me jode, los huesos, el pulmón y el corazón. Me puedo burlar entonces, de la vida y de la muerte, si mis amigos me tocan una canción, una cruz de madera para este cabrón, cuando vaya descendiendo mi cajón.

Predicho

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“De una forma u otra, su vida me pertenece. El doce de diciembre, dale un balazo en la sien y encomienda su alma a la virgen María” —me dijo la muerte. La vi a través de la ventana, luego, la sombría entidad, desapareció en la neblina madrugadora del desierto. Mientras yo mojaba con fomentos, la frente de Margaret.

Tengo el revolver preparado desde entonces. Cambié mis bienes por oro, con el cual pude sustentar las viandas para el viaje de huida y las, hasta ahora inútiles, medicinas de mi mujer.

Ahora, su cuerpo agoniza dentro de la carreta, los saltos le atormentan el cuerpo. Llevo a paso firme y los más rápido que puedo, la marcha de los caballos. El desierto, la noche y la lluvia no son algo que me atemoricen. Si es que lloro, es por escuchar sus quejidos de aflicción. Me desgarran el corazón.

Buscamos refugio y ayuda, con el brujo de la tribu Navajo. Se dice que los nativos tienen los conjuros que espantan a la muerte.

La tormenta se arrecia e intranquiliza los caballos. Los aullidos de los lobos aumentan conforme avanzamos y empeoran la situación. Las bestias espantadas, descontrolan la estabilidad del carruaje provocando que nos desplomemos poco antes de llegar al río.

Un bulto de carne se queja a unos metros de donde caí yo. Es mi amada, no tiene fuerzas, ni siquiera para llorar. Siento que me rompí un par de costillas. Me acerco a rastras, para sostener la mano de Margaret por última vez, y terminar con su dolor de una vez. Pero antes de rozar sus dedos siquiera, la tierra se derrumba y hace caer su delicado cuerpo en un torrente de agua donde es devorado por la furia de la creciente.

La bala entonces será para mí. Y en un alarido, antes de dispararme, le rezo: ¡Oh muerte burlona y engreída, no separes su alma de la mía, y llévanos juntos a los brazos, de la virgen María!

Elixir de los humanos

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Mary es así, le gusta que sus invitados beban café. Cuando visitan sus padres, lo acompañan con galletas caseras. Si se trata de Karen, es mezclado con brandy. Y es un visitante que la va a acompañar en la cama, la bebida se pospone hasta terminar el acto sexual.

En lo personal, el aroma me fascina; y más aún, me encanta escuchar el sonido de la cafetera. Es casi tan delicioso, como sentir las caricias de Mary en mi espalda, mientras que, tendido en sus piernas, ronroneo.

La última vez que bebió del elixir de los humanos, lo acompañó con un bote completo de pastillas, las mismas que usa para no sentirse triste. Es curioso, pues siempre se toma solo una o dos.  Escribió una pequeña nota que, dejó en la mesa, luego se tendió sobre la cama. Me abrazó y lloró. Lloró hasta que se quedó dormida.

Ahora, en esta enorme reunión en su casa, todos lloran. Están en su sala, beben café un su honor. Ella sigue dormida dentro del cajón, y yo… la extraño.