El colchón

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Esa mañana la buscamos por toda la casa, su cama estaba tendida. Mi esposo, había acompañado a Katja la noche anterior. Y me dice que, después de salir de su habitación, yo fui a darle un beso de buenas noches, pero no recuerdo haber hecho nada de eso. Si fue así, mi memoria eliminó la escena en la que mis labios rozaron su blanca frente, la última vez que vi su belleza, comparada solo con la de una rosa en el invierno, he olvidado por completo el ultimo abrazo que le di. La extraño y me destroza su ausencia.

La pequeña, de diez años recién cumplidos estaba obsesionada con los cuentos de fantasía. En especial si trataban de hadas, duendes, elfos, faunos y todos los seres feéricos de la cultura nórdica. Dejaba su cabello dorado suelto y se lo adornaba con flores. En esos días, cuando desapareció, me había pedido que le comprara una flauta y que la metiera a clases de música.

La buscamos durante unas horas por la mañana, contactamos con sus amigas de la escuela, pero nadie la había visto. El protocolo de las autoridades nos hizo esperar mas tiempo del que hubiéramos querido. Aun así, la búsqueda se adelantó cuando por casualidad, encontramos un rastro de sangre.

Al levantar sus cobijas, en el colchón vi una mancha de sangre enorme, del tamaño de la niña. El detective Müller se puso manos a la obra tan pronto como se presentó la primera pista. El líquido carmín seguía fresco. Tomaron muestras y las llevaron a examinar. Los resultados arrojaron que el ADN era de Katja, pero no había de nadie más. Después de eso, nos llevaron a su papá y a mi a contestar preguntas, éramos los principales sospechosos. Sin embargo, no existía ninguna evidencia en nuestra contra, y la niña continuaba perdida.

Desde entonces ya han pasado cinco años.  El caso continúa abierto, y seguimos buscando. Anna, ahora tiene casi la misma edad de su hermana mayor cuando desapareció. Igual que Katja, está obsesionada por la fantasía, a diferencia de que ella con los dragones y los yurei, fantasmas de la cultura japonesa. Y así, como lo hizo su hermana, Anna me pidió que la metiera en clases de karate. Son tan parecidas.

2

Por recomendación de la psicóloga, comenzamos a remodelar la habitación de Katja, al igual que el resto de la casa. Llorar al ver su ropa en el closet, sentir que el corazón se me hacía pequeño cuando hojeaba su libreta de dibujos, sentir el nudo en la garganta al tocar sus juguetes era parte del duelo. Pero teníamos que deshacernos de todas sus cosas.

Alexander se reusaba a tirar la mochila negra con detalles morados. Estoy segura de que la tiene escondida en su oficina, no la que tiene en la casa, sino en la de la compañía constructora. Y sé que en ocasiones se encierra en la habitación de Katja a llorar. La extraña y lleva su duelo en silencio.

Mas a fuerzas que con ganas, me ayudó a sacar todas las pertenencias de nuestra hija para donarlas. Todo con excepción del colchón que, estaba manchado con la sangre de Katja. Ese, lo cargamos con un montón de basura que acumulamos durante los cinco años que habían pasado, y lo llevamos a la maquina trituradora y compactadora de la compañía constructora, donde trabaja Alexander. Nos tardamos un rato en vaciar el remolque.

Si algo distraía la mente de mi esposo era su trabajo, disfrutaba ser ingeniero en esa compañía. Era fin de semana, y no había nadie en el sitio. A pesar de que estaba siempre triste desde la desaparición de Katja, le entusiasmaba tenerme ahí, con un casco amarillo y lentes de protección, mostrándome cada proceso de la maquina compactadora.

Cuando llegamos al final de la línea de procesos, salió nuestra basura y el colchón ensangrentado, reducidos a un metro cúbico de pedacería. Un terror que jamás habíamos sentido se apoderó de nosotros al examinar adentro del cubo. Nuestros cuerpos se tensaron por fuera, pero temblábamos por dentro. Sentíamos electricidad quemándonos los intestinos, y un lamento que se sintió salir de la nuca, más que de nuestros pulmones, salió expulsado de nuestras gargantas en un llanto frio y doloroso al ver los cabellos dorados, el pijama morado con estampado de hadas hecho trizas, la piel reseca, sus dijes de símbolos nórdicos, y la osamenta triturada de nuestra hija.

Después de que lloramos arrodillados detrás de la maquina compactadora. Alexander llamó al detective Müller y este llegó de inmediato, tomó fotos, se llevaron el cubo con los restos, y no cambió nada.

Nosotros continuamos siendo los principales sospechosos, sin embargo, no hay ya nada que hacer por Katja. Y nadie encuentra una explicación.

Mi esposo tiene la teoría de que el colchón se comió a la niña. Lo repite una y otra vez, para él no existe otra explicación lógica. En cambio, para mí, sí que hay una. Hay una escena que me sacudió lo más recóndito de mi memoria. Un recuerdo que por protección había eliminado yo misma y que, me regresó en el instante en que vi las hadas del pijama de Katja hechas trizas. Una pieza clave que aclararía, sin fantasía alguna, la desaparición de la niña. Un suceso sensato que, jamás revelaré.

30 de febrero

Odiaba el 14 de febrero. No tenía ni pareja ni amigos, pero ahí estaba, una postal sin remitente del Puente de las Artes. París lucía tan lejano ahora. En el reverso con letra desconocida aparecían su nombre, dirección y solo un mensaje: «Rendezvous. 30 de febrero». Era una burla para él, pensó.

Siempre había sido un romántico con Helen, su primer y única novia. Pasaron noches tiernas en ese mismo lugar. Fue en ese puente donde se juraron, como todos, amor eterno. Una eternidad que duró cuatro años.

Otros cuatro consiguientes, había vivido en soledad, después de aquella traición. Ahora, los recuerdos de Helen revivían, y reprendían su memoria. Estaba lejos de olvidarla, y una postal lo llevó a sentir en la garganta los sabores amargo y dulce de la nostalgia.

¿Quién traicionó a quién? ¿Él a ella, con la asistente del jefe? ¿O ella a él, con el entrenador de taekwondo? Pues ninguno, y ambos, dependiendo de la perspectiva.

Fueron los terceros en discordia, de una historia de amor, quienes envenenaron de manera vil, la mente de sus rivales. Tal como lo hizo la manzana dorada de Eris. Haciendo caer en la tristeza, la decepción y el desaliento, a la pareja, que por cuatro años había sido perfecta. Pues el entrenador, era quien deseaba a Helen, y la asistente a su novio, Héctor.

Helen y Héctor, fueron traicionados por unas lenguas serpentinas. Con los corazones destrozados, ambos, huyeron de París. Él se regresó a América, y ella se fue al oriente. Cuatro vueltas al sol, y 140 millones de latidos no fueron suficientes para olvidar a esa persona, por quien, el corazón bombeó alguna vez, con la fuerza mítica de Heracles.

Los villanos de la historia tenían remordimientos de consciencia. Le adjudicaban al karma, los problemas sentimentales y laborales, que cargaban, desde el día en que maquinaron aquel maquiavélico engaño.

Cegados por las supersticiones, y por recomendaciones de una gitana española, quien les leyó sus suertes, enviaron las postales anónimas, con esa fecha, sin sentido. Ni siquiera la gitana entendió el propósito del mensaje, pero la lectura de sus cartas había sido clara y especifica.

Los eternos enamorados, recibieron las postales. Ambos descifraron la fecha de la cita. A pesar de no conocer la caligrafía, sabían que solo ellos dos entenderían el mensaje. Por fin, se iban a reencontrar, tal y como lo deseaban desde hacía cuatro años.

Llegado el día 28 de febrero, las almas más diabólicas de todo Paris, vigilaron día y noche, el Puente de las Artes. Al finalizar el segundo día de marzo, desistieron. Los enamorados no se presentaron. El entrenador de taekwondo y la asistente, se entregaron al miedo, la desolación, a la pena sin causa y a una vida de sufrimientos, provocados por su autosabotaje.

La tarde del 20 de marzo (20/03) del 2011, a las 8:03, ocho años exactos, después de la primera mirada. Los amantes, que se habían estado extrañando, se unieron de nuevo en un abrazo eterno, en un beso empapado de sal, y en una caricia, fresca como la primavera que se avecinaba. Jamás mencionaron la postal el uno al otro, pues para ellos, había sido una señal del destino, para hacer un viaje a Paris, el cual, tenían planeado hacer de todas formas, en esa misma fecha.

Escrito para el reto, #MismoInicioDiferenteFinal de Maru BV. (Conjurando Letras)