Café con un extraño

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Entré a aquel café distraída y con un paso rápido. Un hombre de cabello blanco que sostenía un café en una mano y un croissant en la otra, se detuvo para darme el paso. La caballerosidad en estos días es algo difícil de encontrar, pero al tratarse de un señor de otra época era un tanto de esperarse, me recordaba a mi padre.

Pedí un vaso con agua y tiempo para ordenar, tenia cosas en mi cabeza y no estaba lista para siquiera saber si tenía antojo de algo del reducido menú. Eche una mirada a mi celular (que es muy común hacer cuando hay silencios largos o incómodos), luego el sonido de un lápiz de dibujante me alertó el oído, era como un zapatear de cucarachas. El hombre empezó a tallar de manera desesperada el cuadernillo muy rápido y muy ensimismado, ni siquiera notaba que yo lo estaba mirando casi boquiabierta, jamás había visto un pintor, si es que lo era, dibujar de esa manera tan acelerada, era una escena que no encajaba, pues la cara del hombre invitaba a una plática tranquila, y en un par de segundos se transformo en una maquina de mirada desorbitada rayando a diestra y siniestra.

Noté que se le había caído el croissant de la mesa con ese manotear enfadoso, y la mesera lo notó también, así que fue a ofrecerle uno más y a recoger el que estaba en el piso, tan pronto como la señorita le hablo, el hombre salió del trance en el que se encontraba, se quedó un segundo mirándola con los pensamientos perdidos en sus dibujos y se abalanzó al cuello de la mesera con sus manos en el intento de estrangularla, forcejeaban en el suelo, y aunque el cuerpo de la mujer era muy menudo el hombre batallaba para someterla. No me quedo otra opción más que reaccionar y unirme a la chica en la pelea, golpee al señor en la cabeza con su propia taza de café, el hombre rodo por el suelo inconsciente.

Ayudaba a la mesera a incorporarse y de reojo mire los garabatos en el cuadernillo, eran las figuras de dos cuerpos un tanto demoniacas peleando, de repente sentí caliente la cabeza y caí desmayada. Y ahora un enfermero me cuenta, que ese hombre de cabello blanco es el dueño del café, y que no tiene ninguna mesera porque el mismo atiende la clientela, que hace unos minutos estábamos solos, él bebiendo su café como de costumbre y yo dibujando en mi libreta.