El Ángel de Marla

Las amigas de Marla la llamaban sonsa, pero era de cariño, ya que era una abreviación cómica de la palabra «sonrisas», que era como le decían los maestros de la secundaria, porque siempre estaba alegre, sus ojos siempre brillando, y sus labios se extendían tanto hacia arriba que sus mejillas querían romperse de lo estiradas que las mantenía. Yo estoy segura de que era por el ángel guardián que siempre estaba ahí con ella: no sé porqué nadie tenía la capacidad de mirarlo, nada más yo, y creo que moriré sin saberlo, pero siempre estaba ahí, cuidando de la niña y pendiente de que no sufriera.

El ángel era muy parecido a las tantas imágenes que existen de la muerte, un humano en puros huesos, cubierto con un manto negro y con una hoz en las manos; y aunque el ángel sí tenía una ligera capa de carne y una de piel, conservaba la similitud con el esqueleto desnudo, pero no traía puesto su manto ni la típica guadaña: en lugar de eso tenía unas enormes alas color sombra (igual que el resto del cuerpo) que le cubrían la espalda y que solo vi desplegarse un par de veces. En el  pecho tenía tatuada, o más bien cicatrizada con hierro caliente, la forma de un triángulo isósceles con la punta hacia abajo, y sus ojos no eran huecos como los de las calaveras, estos eran más bien parecidos a los ojos humanos, pero un poco más grandes, sin pestañas y con la esclerótica del color de un atardecer en el desierto. La primera vez que lo vi apareció en un sueño, venía hacia mí desde una carretera vacía que reconocí a las afueras de mi ciudad; avanzaba flotando sin necesidad de usar las alas y no se detuvo hasta que estaba a un metro de mí, alto e imponente. Hizo una mueca de una sonrisa forzada y un tanto macabra y desapareció convertido en un humo negro que me hizo despertar en el momento en que lo respiré. Luego regresé al mundo real, y en mi cama todavía agitada, todavía con la sensación del aroma de café con pimienta que me dejó el humo del ángel en la nariz, oí ruidos en la casa, gritos de hombre y pasos a tropel.

Eran tres hombres armados que habían entrado buscando a mi hermano mayor, iban dispuestos a darle una paliza porque les había hecho perder dinero en uno de sus tantos negocios ilícitos, y no tardaron en encontrar su habitación, que estaba en fila después de la de mi madre y antes que la mía. Primero oía uno de ellos sometiendo a mi madre, quien gritaba y lloraba mientras pedía que nos dejaran libres y que no nos hicieran nada a Jordi ni a mí, y al mismo tiempo los otros dos golpeaban muy duro a mi hermano y le gritaban amenazas e insultos. Después de unos minutos, mi madre ya no pedía por nosotros, sino por ella; pedía que la soltaran y gritaba: « ¡Por favor, no!». Luego no se oyó nada desde su habitación, pero en la de mi hermano aún se oían pasos y los destrozos que hacían con los muebles, porque traían a Jordi de los brazos en rastras hasta el pie de mi cama. Mi hermano ya no tenía fuerzas suficientes para hacer nada, solo para hablar y para ver. Yo tardé unos segundos en reaccionar, paralizada como si fuera una espectadora en aquella escena de terror, hasta que uno de los dos hombres que estaban sometiendo a mi hermano subió sobre mi cama y dirigiéndose a Jordi dijo:«Quiero que pongas atención: si tú nos chingaste a todos, cabrón, te toca ver cómo me cojo a tu hermanita». Así fue la manera en que Marla fue concebida, que enlazó para siempre en mi memoria la luz de la luna, un hombre que se convirtió en el rostro de mis pesadillas, el dolor de ser desvirgada y un ángel oscuro y premonitorio.

Nos mudamos a la capital en julio, cuando le dije a mi madre que estaba encinta, y fue allá que cumplí cinco meses de embarazo y quince años de edad. Yo estaba segura de que estaba embarazada desde el primer día, porque desde esa mañana el ángel se paseaba por la habitación donde yo me encontrara: si yo estaba en la sala, el ángel se paseaba alrededor de los sillones, por enfrente de los vecinos, familiares y amistades que venían, según ellos, a ayudar, pero más bien era el morbo lo que los atraía; y ninguna de las decenas de personas que entraron a la casa se dio cuenta del ángel, así que yo nada más lo podía ver; pero aun así, yo sentía que su presencia no se debía a mí. Nunca le tuve miedo, pero tampoco me daba confianza.

Así que ahora éramos cinco en la casa nueva: mi madre, Jordi, el ángel, Marla y yo, aunque mi hermano vivía solo unos meses con nosotras y otros en el norte del país, donde continuaba vinculado a sus negocios ruines e ilícitos. Supe que el ángel era totalmente de Marla cuando la salvó del único intento de aborto que yo misma llevé a cabo con una receta que miré en un reportaje de un noticiero local de televisión. Aunque hubiera estado con tres semanas de embarazo, en aquel entonces era ilegal abortar, y además este era un brebaje fácil de preparar y barato de conseguir. Pero tan pronto como lo bebí caí desmayada en el piso de la cocina, y tuve un sueño con el ángel por segunda ocasión, casi igual que el de la primera vez, la diferencia fue que ahora no hizo la mueca de sonrisa forzada, esta vez no tenía ninguna expresión, y se convirtió de nuevo en humo, que ahora era de un color azulado y brilloso y me hizo despertar con náuseas suficientes para provocarme el vómito y expulsar el brebaje junto con la cena del día anterior y el desayuno de esa mañana.

Marla nació un sábado, 2 de noviembre, con los ojos cerrados de soñadora, serena y sonriente. La amé a partir de ese instante. Siempre tuve el temor de que se fuera a parecer a su padre biológico y de que yo la fuera a odiar por eso, pero no fue así, excepto por un día, once años después, que llegué a casa tras haber abusado del alcohol y de algunas drogas que no sabré nunca cuáles eran exactamente. Me asomé a su habitación y vi su rostro bajo la luz de la luna; no pude sentir nada más que odio y me abalancé hacia ella apuntando con las uñas a su cara, la cual me recordaba al hombre de mis pesadillas; pero el ángel arrastró la mochila de la niña a mis pies, de modo que yo tropecé y caí de cara en la orilla de la cama. Esto me hizo recapacitar y me dejó, además, una cicatriz en la mejilla que me recordaría la escena el resto de mi vida.

Cuando la niña tenía tres años de edad, Jordi regresó, esta vez para no irse ya de la casa, aún con mente criminal que estaba más corrompida que antes, y con un notable incremento de su adicción a la cocaína. Pero lo peor de todo es que regresó tan pobre como nunca lo había sido; eso sí, su espíritu ladino y su fluidez para hablar y engatusar a las personas venían inmutados. Así, entonces, llegó directamente conmigo y me ofreció trabajar para él. Me dijo que había conocido a muchos padrotes en su última vuelta al norte del país, y que ellos hacían mucho más dinero de lo que mi madre pudiera hacer en una quincena de trabajo duro en la maquiladora y mucho más aún delo que yo ganaba por mes haciendo bizcochos, y de una u otra manera me convenció para ser la dama de compañía de un hombre durante una fiesta. Me dijo que iba a pagar muy bien y que lo duplicarían si yo me comprometía también a dormir con él, y más por necesidad que por otra cosa, acepté.

Y durante ocho años mi hermano fue uno de los proxenetas más buscados, tanto por los clientes como por la ley. Supe de muchos casos de mujeres asesinadas que también eran prostitutas, pero trabajaban en las calles y no en un lugar con la protección de la que gozábamos mis diez compañeras y yo. Aun así, antes de cada encuentro con un desconocido se sienten miedo y nervios, porque nunca se sabe si la persona tiene algún fetiche extraño o algún problema mental. Mi hermano me sacó del mercado cuando me golpeé la mejilla en la cama de Marla; me apodaron «la puta de la cicatriz» y me tuve que vender por mi cuenta y por menos dinero, aunque aun así podía sostener una vida de lujo para Marla y para mi madre.

A pesar de lo que se pueda interpretar, no le guardé rencor a Jordi nunca por dejar de venderme: era simplemente un empresario con un pésimo concepto de lo que era la moralidad. Lo odié después de que murió, cuando tomó la decisión de mezclar la prostitución y el tráfico de drogas: son dos negocios que, aunque pertenecen al mismo mundo de lo ilegal, no van de la mano y no los manejan el mismo tipo de personas. Una tarde de hace casi un año, nos encontrábamos en el parque de enfrente Marla, que estaba jugando con un balón; mi hermano, que hacía una llamada por teléfono, muy alterado, en la acera del parque; y mi madre, quien sostenía una plática casual conmigo, sentadas en una banca. Dos hombres se estacionaron en la mitad de la calle y empezaron a descargar una ametralladora desde un automóvil. Primero le dieron a mi madre en la frente; a mí me rozaron la pierna derecha, pero cuando la ráfaga se direccionaba a Marla, el ángel hizo rebotar el balón sobre la ametralladora, lo que provocó que el hombre se impactara dos balas él mismo, una en la pierna y otra en la mano, y una más, como cosa del destino, en la cabeza de su compañero. Fue tiempo suficiente para hacer correr a Jordi para enfrentarlo con una pistola más pequeña que siempre cargaba con él, pero el hombre herido aún tuvo fuerza para recibir dos impactos más en el pecho y dar tres en el abdomen de mi hermano, lo que dejó una escena con tres hombres adultos y una anciana muertos y una puta con, ahora, dos cicatrices. Hace apenas una semana soñé por tercera vez con el ángel, y como la primera vez, volvió a sonreír, pero el humo con el que habitualmente me despertaba era morado fosforescente y el olor era exactamente el del perfume natural de Marla. Cuando desperté, Marla gritaba y lloraba desde su cama; nunca había sufrido ni siquiera un resfriado y ahora agonizaba de dolores en todo el cuerpo, se retorcía y se doblaba en posición fetal. No tardamos en llegar al hospital ella, el ángel y yo, pero todo fue en vano, ningún doctor fue capaz de diagnosticar el porqué de su muerte. Marla murió a los quince minutos de estar en el hospital, cuando tenía quince años de edad, el 15 de octubre. Hoy, frente a la caja fúnebre de Marla, con la mirada fija en la frente de la niña, el ángel desplegó las majestuosas alas por última vez: tomó en una mano con mucha cautela una esfera de luz que salió lentamente desde el cajón, la pegó contra su pecho y se fue aleteando al horizonte, rumbo al lugar adonde se van las almas de las niñas inocentes que siempre están sonriendo.

Photo by Adam Fejes on Pexels.comhttps://www.youtube.com/watch?v=Xd239HA6zU0

ESCUCHA EL AUDIORELATO POR YOUTUBE, AQUÍ.

Asa Limbú

Photo by Anni Roenkae on Pexels.com

Felipe siempre había sentido que le faltaba algo y muchas noches se había sentido legítimamente mal. Su vida había sido siempre sencilla. Tenía una familia amorosa, una esposa que lo amaba, una hermosa casa y un buen empleo. Sin embargo, ese hueco que sentía en medio del pecho cada vez era más frecuente y le producía una inmensa nostalgia por algo que no sabía qué era. Preocupado y en absoluto secreto, acudió a ver a un psiquiatra. Tal vez necesitaba ayuda profesional. El doctor Ramírez era un psiquiatra de renombre, especialista decían, en casos poco comunes. Tuvo suerte en conseguir una cita y al llegar al consultorio la terapia daba comienzo.

Detrás de un escritorio de ébano estaba el tan afamado doctor. Vestía de acuerdo con su profesión. Con un gesto amable y en silencio, le indico solo con un dedo a Felipe la silla, dándole a entender que tomara asiento. Luego tomo una posición relajada y se acomodo para hacerle unas preguntas aparentemente de rutina.

—Su nombre es Felipe, ¿cierto?

—Sí. Saqué cita desde hace algunas semanas. —Felipe contestó nervioso e inconforme con su propia respuesta.

—Si, bueno, tengo mis razones para alargar el tiempo para las citas. Verá usted, yo ya se cual es su padecimiento. Ahora beba del vaso que esta frente a usted. —El doctor señalo un vaso negro enfrente de Felipe.

—¡Pero doctor! ¿Me quiere medicar así nada mas de buenas a primeras?

—Es solo agua, para tranquilizarle, ande, beba ya.

En efecto, el liquido tenía el sabor del agua, y Felipe se comenzaba a tranquilizar, pero poco antes de beber el ultimo sorbo, sintió un frio en el cuerpo, como si se convirtiera en hielo de pies a cabeza, su vista se nubló, y solo alcanzó a distinguir una mujer que se le acercaba con una almohadilla antes de quedar inconsciente.

Cuando regresó en sí, estaba esposado de manos y pies a un sillón muy cómodo, su boca estaba sellada con vendas. Frente a él estaba una pantalla apagada, parecía estar en un salón rodeado con sillones de todos tamaños, colores y formas.

No habían pasado cinco minutos para cuando apareció caminando el doctor, vestido ahora con una túnica azul, venia seguido de seis o siete entre hombres y mujeres de diferentes razas, también vestidos con la misma indumentaria. Todos, incluyendo al doctor, tenían un collar de piedras de muchos colores muy hermoso. La procesión se detuvo en las orillas del sillón en silencio mientras Felipe se retorcía y daba gritos ahogados por la venda.  

—¡Tranquilo Felipe! —Gritó el doctor, logrando que se hiciera un silencio en el lugar. —Tu viniste a buscar ayuda y eso tendrás. Somos la secta de salta mundos, el universo nos invoca cuando un Asa Limbú pierde el rumbo de su destino. Nosotros aparecemos para salvarle.

Felipe se quedo boquiabierto y tan impresionado con la rareza de la situación, que ni siquiera notó que le habían quitado la venda de la boca.

Con tono apaciguador, continuo el doctor.

—Bien, tu estas inconforme con tu vida, según lo que sabes, no te falta nada, ¿cierto?, pues no estás viendo la realidad.

En la pantalla frente a Felipe, apareció una fotografía de una hoja de papel, en la que se distinguía el nombre completo de él, junto con la de una decena de compañeros de trabajo, en el titulo de la página se leía “recortes de personal”. Luego las fotos comenzaron a chorrear por la pantalla, una secuencia que ponía en evidencia a su esposa siendo participe de múltiples orgias y tríos sexuales.

El estómago de Felipe se empezó a hacer chiquito de dolor, y el llanto se hizo presente. El doctor vio que lloraba y soltó una sonrisa disimulada, luego se reincorporó al gesto serio con el que había entrado al lugar y continuó hablando mientras cambiaban las fotografías de su esposa.

—Te sentías mal en tu trabajo y no sabías porque, ¿Verdad? ¿Los besos y las caricias de tu mujer te sabían extraños estos últimos años? Piensa, ¿Qué más te molesta Felipe?

Entre las imágenes aparecieron unas de su hija de diecisiete años practicándole sexo oral al mejor amigo de Felipe. Y la voz del doctor se escuchaba más intensa

Sientes que estás solo en el mundo y que todos te dan la espalda. Tu corazón siente cosas que no puedes explicar. —el volumen de la voz del doctor incrementaba —Tus ojos y tus oídos son ciegos y sordos a la voz de tu interior. ¡Escúchala, Felipe! ¡ya es hora de despertar! ¡Despierta!

Felipe despertó en el sillón de su sala, confundido. Miro el reloj en la pared y se dio cuenta que faltaban minutos para la hora de su cita con el psiquiatra. Se levantó para conducir hasta la dirección. Al llegar, notó que el edificio era el mismo, pero ahora estaba abandonado, solo había basura en el piso, ropas viejas y botellas de cerveza. En el fondo vio su reflejo en un espejo sucio, y se dio cuenta que traía puesto el collar de piedras que usaban los de la secta de los salta mundos, se lo quitó y vio que una de las piedras, la del color mas atractivo a sus ojos, tenía escrito Asa Limbú en letras plateadas. Se lo volvió a colgar y escuchó la voz del doctor diciendo “No estas solo, ve y descubre las verdades del universo, suelta las cadenas invisibles que te mantienen atado a una vida que no quieres vivir”

El espejo se reventó en pedazos dejando ver al otro lado, en una ventana del edificio de enseguida, se veía claramente a la esposa de Felipe en una sala, rodeada de cámaras y personas desnudas teniendo relaciones sexuales. A partir de ahí, Felipe se dedicó a caminar libre, descubriendo mundos, siguiendo el camino que marcan sus corazonadas, dominando las habilidades que le fueron ofrecidas al nacer, viviendo con la fortuna de haber descubierto que en el fondo era un Asa Limbú.

DATE UN LIKE (POESÍAS, @Ikormar)

Muy bonita poesía la de mi amigo Ivan 🥰

Submarino de hojalata

Date un like,
pues tú opinión
es la única que te ha
de hacerte sonreír
Date un like
y sal de la vida
de fotografía
y momento congelado.
Date un like
y vive bajo un sol,
sin filtros impostados.
Date un like
y mira a unos ojos cercanos,
una conversación
ausente, divertida,
diferente.
Date un like,
que te lo mereces.
Sentir la lluvia,
sentirte alegre.
Dejar en suspenso
el mundo de fantasía,
de alegría congelada
en un instante que no
muestra la desesperanza.
Date un like…

Ver la entrada original

Thundering Hooves Memorial Fence

Seguido viajo a México pues soy, como muchos tantos, un mexicano que vive en Texas. Y en la carretera estatal 17, en el pueblo de Balmorhea, apenas pasando la intersección que va rumbo a Fort Davis está pegado a un cerco, decenas de frenos de caballos colgando.

Recuerdo que hacia unos años vi una estatua de metal y nada más. Pero con el tiempo noté que había cada vez mas monumentos y frenos de caballo colgando del cerco.

Un día por fin me estacioné al lado para tomar unas fotos e investigar de que iba la cosa. La historia me dejó triste e impresionado.

Las estatuas, poemas y fotos son conmemoración de los caballos, burros y mulas que pasan por ahí en su ultimo viaje. Esa carretera va directo a México, y sin duda, los que pasan por ahí, rumbo al sur, son llevados al matadero. Cuando un caballo se vuelve un gasto y no se puede lucrar con él, lo dejan sin agua, sin comida y sin servicios médicos, para no perder dinero ni siquiera en darle una muerte digna.

 Por eso se hizo el Thundering Hooves Memorial Fence (Cerco conmemorativo de los cascos atronadores) y crearon una fundación que se encarga de rescatar y cuidar caballos, evitándoles su ultimo viaje al rastro, en México.

Aquí abajo, está el poema ya traducido  “Thundering Hooves” escrito por Ron Stonebear Shields.

Thundering Hooves (Cascos atronadores)

Por una solitaria carretera de Texas… que lleva a México… esta un lugar, vine desde 1500 millas… porque tenía que saber… Como es que se siente, ser empujado por el viento… sabiendo que estas en tu último viaje… y donde tu historia finaliza.

Caballos salvajes y domésticos tomados… de sus tierras natales… traicionados por hombres desalmados… por dinero en sus codiciosas manos. Una lagrima de pena se concentra… en el borde de mi ojo… cuantos miles han recorrido esta carretera… en su camino a la matanza… en su camino a su muerte.

El cerco conmemorativo de los Thundering Hooves… me ve sólidamente a la cara… ambos un tributo a los caballos… y un recuerdo a nuestro infortunio. Tantas traiciones… y una ruptura a la confianza de dios… mi lágrima baja por mi cara… y cae en el suelo de Texas.

Me inclino y una arranco una roca… junto a la carretera de Texas… un ultimo recordatorio… de la pesada carga de mi corazón. Transporté la piedra 1,500 millas… de regreso a mi casa. Es un sólido recordatorio, que me ve a la cara… Me recuerda los espíritus que se marcharon… Yo los sentí agrupados en un espacio sagrado.

Mi viaje es largo… se extiende al cielo… Dios no me dejará descansar… hasta que ni uno solo sea remolcado para morir… Hablen fuerte y claro se los ruego… debemos hacer nuestra parte… ningún hombre necesita cargar el ardor… de una roca de Texas en su corazón.

—Ron Stonebear Shields  

https://thunderinghooves.com/

Sin Luna


Manejo de noche, el viejo camino esta oscura, nuestro satélite natural esta en las ultimas horas de su fase antes de renovarse, como lo hace cada veintiocho días.


A pesar de que tengo los nervios de acero, estoy temblando y siento frio, pues es la primera vez que me atrevo a hacer esto. La carretera serpentea entre cerros y me balancea las memorias al ritmo de una balada. Las flores que vienen en el asiento del pasajero son para el amor de mi vida, y su aroma me provoca un rio de lágrimas silenciosas que, a su vez, sirven para regarlas.


Llego a un punto sin retorno, el combustible del automóvil se agotó y tengo que continuar a pie con el ramo de flores en mis manos. El desierto me intenta arrullar, quiere tranquilizarme con los aullidos de los coyotes y el ulular de los búhos. Las estrellas me traen memorias de los ojos de mi amor, y la carretera abandonada me recuerda la carencia de empatía en la humanidad.


Llego al puente roto, me arrodillo en la orilla para honrar al ser que me amó tanto y que, en ese lugar, el mundo recibió su aliento final.

Me pongo de pie una vez mas para lanzar el ramo de flores al abismo del puente, volteo mi cara al cielo y veo que la luna refleja solo una pequeña línea de luz, esta a unos segundos de ser luna nueva, pienso en que esa es la última luna que voy a ver y esta menguando junto con mi vida. Salto al vacío y muero en el mismo instante en que muere la luna de Octubre.

Escucha la narración por Melissa Eyh en Spotify aquí

Carta borracho

La tristeza. Ahí estaba escondida, tenía meses sin visitarme. Vino de nuevo a golpearme en el estómago. Ella cada vez mas fuerte, y yo, cada vez mas jodido. Detesto a los borrachos, para mi son gusanos. El alcohol convierte una persona de respeto, en un insecto. Así me hace sentir esta tristeza, oscura, despiadada.

Siento que me aprieta del cuello y me tira al suelo, al fondo del pozo, como en una tumba. Y ahí me hace tocar a las puertas del infierno. Quiere que mi mano tome la mano de la muerte.

Maldita, maldita mil veces esta tristeza que me hace sentir como gusano. Así que bebo. Bebo a bocajarro para liberar el llanto, deseo dejar fluir con mis lagrimas y mis suspiros este sentimiento que me asesina.

Una vez mas quiero rebanarme el cuello con mi navaja española. La fobia a la sangre me detiene. “Maldito cobarde!” pienso.

Y tomo mas alcohol. Una soga en el cuello se antoja complicado. Extraño mi revolver, si estuviera aquí se solucionaría mi problema. Entonces considero las pastillas, ya lo había hecho antes, tal vez ahora lo logre. Tomo cualquier envase del botiquín y lo vacío en la mesa. De una por una las mastico y me las paso con alcohol. Lego a la sexta pastilla y pienso en mis hijos. Lloro un poco más.

Deseo todo el amor y la felicidad para ellos. Quiero que mi esposa se sienta plena. Pienso en ellos un largo tiempo y sigo bebiendo brandy del pico de la botella. No quiero arruinarles la vida, causarles un trauma al ver el cuerpo muerto de su padre, una mañana del domingo.

Bebo un par de tragos más y escribo esto.

Deseo morir con todas mis fuerzas. Pero soy un cobarde que no tiene el valor. Así que espero que la muerte lea esto, se apiade de mi familia y su futuro y que me lleve.

Los alcohólicos son gusanos cuando beben, yo lo soy todo el tiempo.

P.d

Si eres la muerte, y estas leyendo esto. Por favor, cuidalos y protegelos, y llévame contigo.

Carta de un reo

Me condenan las leyes del estado, ustedes, la autoridad. Me dicen que soy violento, me preguntan si me arrepiento. Por supuesto, me duelen las barras de acero, me privan de algo que deseo desde que era un niño pequeño. Sin embargo, no siento remordimiento.

Siendo honesto, no creo haber hecho nada grave. Un par de balas a un maleante, un cuchillo enterrado en un narcotraficante. ¿desde cuando es malo, hacerle el amor a una mujer en contra de su voluntad? Si esa misma mujer se dedica a vender niñas y adolescentes.

No lloro nunca, la ultima vez que llore fue cuando mi papá apuñaló a mi mamá. Tenía ocho años. La sangre le salía a borbotones de la garganta. El hombre aprovechó para quitarle los calzones. Las imágenes y los sonidos no se van de mi mente, los gritos, los rasguños, las patadas. Los olores de sangre, orines y suciedad de hombre. Los puñetazos en su cara. No se me borró nada de la memoria, ni con la bofetada que me dejó sordo e inconsciente.

Los ocho años siguientes viví en un orfanato, con poca comida en un plato, y en veces, calzando zapatos. De rato en rato, conseguía un trabajo donde cobraba barato. Los trabajos de esfuerzo físico no los soportaba mi cuerpo, y mi cabeza tonta como una cucaracha no me permitió conseguir nada bueno.

El hambre me obligó a tener que robar, o comer de las basuras. Encontré amigos y familia, somos una enorme pandilla que se cuida la espalda y se traiciona, como lo hacen las ratas en las alcantarillas. 

Les hablaría de los altibajos de la vida, pero solo conozco lo que hay en el suelo. Me siento como un gusano. Un día culpé a mi padre por mi desgracia, lo odié tanto como nunca lo había hecho antes, ni siquiera cuando me dejó huérfano. Antes solo había tenido mala suerte, pero ese día pensé mucho en la venganza, en la injusticia y en la inexistencia de dios. Me nació una idea. Un pensamiento que, a partir de ahí, me guio por el camino que me trajo hasta aquí.

Decidí seguir sus pasos. Un par de robos, violaciones y asesinatos me acercaron de a poco y, cada vez más, hasta este punto. Ustedes, las autoridades, mordieron mi anzuelo. Ya estoy en la misma celda que él. La vida me maltrató tanto la piel, que ni siquiera me reconoce. Estoy dispuesto a cumplir la sentencia máxima. Pero esta noche, yo seré juez y verdugo. Dictaré pena de muerte a mi padre, lo ahorcaré con la cuerda de la sabana hasta dejarlo sin resuello. Patearé su cadáver sin clemencia, hasta que me sangren los pies. Después, cuando me quede sin fuerza y me saquen a rastras, ensangrentado de aquí, lloraré. Lloraré por todos los años de dolor que resguardo en mi pecho, liberaré el nudo de mi garganta.

Inanición

Como un pajarillo que se va del nido, así voló el amor mío, dejando un crio con el estomago vacío, y un corazón extrañándolo, muriendo de frio.

Prometió regresar a este hogar, mantuvimos las esperanzar vivas de volverlo a abrazar. Se sintieron tan reales, sus palabras y su mirar. Fue imposible no confiar. Ahora comemos tierra con sal.

Abandonados por el azar, en una madriguera alejada de la ciudad, en medio de un desierto desconocido de la sociedad. Me hace llorar el hambre, el frio y la soledad.

Me pregunto si habrá sido capaz de asesinar, el lucero que entre él y yo pudimos crear. O si en algún otro lugar, tal vez su vida encontró el final.

A mi lado está, un alma inocente y vulnerable, con ganas de vivir. Sin duda estoy, de que jamás podrá sentir, el calor de su papá.

Una lluvia casual, un insecto que se arrastra o la sangre de mi pulgar, mantienen tranquila su ansiedad. Su pequeño cuerpo tiene necesidad, exige comer lo que sea por piedad, con un llanto enfermo de debilidad.

Busco salidas a mi alrededor, pero no hay senderos para escapar. Del cielo alguien nos viene a arrullar. Una brisa leve, entona una melodía otoñal. Abrazo con todas mis fuerzas al costalito de amor. Mientras la muerte nos susurra su canción, el recién nacido me regala una sonrisa, la mas hermosa del mundo, y respiro el aliento de su último suspiro.  Así mismo, cierro los ojos, y me entrego a mi propio catabolismo.

Olvida el hambre y el dolor, pequeñito niño de algodón, nuestras almas se van juntas, danzando al ritmo de un son. Tu debilitado corazón, la fatal inanición, y toda la aflicción; se quedan para siempre en la tierra, pero tu y yo, nos vamos a ese lugar, donde todo estará mejor.

Hematofobia

Quisiera no tener miedo durante los episodios de rabia, cuando me invade el coraje, la impotencia, el dolor; desearía encontrar las agallas para arrancarme la vida a cuchilladas, extraer el alma de mi cuerpo, y flotar por la otra dimensión, sin sentir nada. Parece, que venimos a este mundo solo para acumular sufrimiento, condicionados a juntar todo el dolor que nuestra mente y cuerpo soporten, antes de despedirse de la vida.

Le han llamado cobarde a alguien que salta de un edificio, al que se corta las venas, al que ingiere pastillas con la intención de provocarse una sobredosis, al que se cuelga con una soga de su propia garganta; pero mas cobarde he sido yo, que no he tenido el valor de lograr ninguna de esas cosas.

En momentos de ira y desesperación, la única herramienta que he tenido a mi alcance es mi navaja de bolsillo, esta muy bien afilada, y estoy casi seguro de que un corte no sería tan doloroso. Sin embargo, estoy clínicamente diagnosticado con hematofobia. El solo hecho de pensar tan siquiera en sangre, me hace sentir nauseas, mareos, debilidad; mi presión arterial se reduce cuando imagino el liquido rojo y tibio, fluir por un torrente que recorre por todo nuestro cuerpo. Ese miedo absurdo, es lo único que me ha salvado la vida, todas las veces que mi pensamiento ha divagado sobre la idea de suicidarme con mi navaja.

Desconozco el origen del sentimiento de repulsión hacia el líquido rojo vital, lo único que recuerdo es que desde que era pequeño, el olor, la viscosidad y la temperatura de la sangre fresca me provocaba desmayos. Los psiquiatras recomiendan tratar la fobia para evitar que se incremente la misma, ya que, con el tiempo, el portador desarrollaría otros tipos de miedos disociativos. Pero yo no quiero perderle el miedo a la sangre, el día que eso pase, será el mismo día en que mutile mis propios antebrazos con mi navaja, para dejar que salga fluyendo mi alma roja a través de mis venas cortadas.