El Ángel de Marla

Las amigas de Marla la llamaban sonsa, pero era de cariño, ya que era una abreviación cómica de la palabra «sonrisas», que era como le decían los maestros de la secundaria, porque siempre estaba alegre, sus ojos siempre brillando, y sus labios se extendían tanto hacia arriba que sus mejillas querían romperse de lo estiradas que las mantenía. Yo estoy segura de que era por el ángel guardián que siempre estaba ahí con ella: no sé porqué nadie tenía la capacidad de mirarlo, nada más yo, y creo que moriré sin saberlo, pero siempre estaba ahí, cuidando de la niña y pendiente de que no sufriera.

El ángel era muy parecido a las tantas imágenes que existen de la muerte, un humano en puros huesos, cubierto con un manto negro y con una hoz en las manos; y aunque el ángel sí tenía una ligera capa de carne y una de piel, conservaba la similitud con el esqueleto desnudo, pero no traía puesto su manto ni la típica guadaña: en lugar de eso tenía unas enormes alas color sombra (igual que el resto del cuerpo) que le cubrían la espalda y que solo vi desplegarse un par de veces. En el  pecho tenía tatuada, o más bien cicatrizada con hierro caliente, la forma de un triángulo isósceles con la punta hacia abajo, y sus ojos no eran huecos como los de las calaveras, estos eran más bien parecidos a los ojos humanos, pero un poco más grandes, sin pestañas y con la esclerótica del color de un atardecer en el desierto. La primera vez que lo vi apareció en un sueño, venía hacia mí desde una carretera vacía que reconocí a las afueras de mi ciudad; avanzaba flotando sin necesidad de usar las alas y no se detuvo hasta que estaba a un metro de mí, alto e imponente. Hizo una mueca de una sonrisa forzada y un tanto macabra y desapareció convertido en un humo negro que me hizo despertar en el momento en que lo respiré. Luego regresé al mundo real, y en mi cama todavía agitada, todavía con la sensación del aroma de café con pimienta que me dejó el humo del ángel en la nariz, oí ruidos en la casa, gritos de hombre y pasos a tropel.

Eran tres hombres armados que habían entrado buscando a mi hermano mayor, iban dispuestos a darle una paliza porque les había hecho perder dinero en uno de sus tantos negocios ilícitos, y no tardaron en encontrar su habitación, que estaba en fila después de la de mi madre y antes que la mía. Primero oía uno de ellos sometiendo a mi madre, quien gritaba y lloraba mientras pedía que nos dejaran libres y que no nos hicieran nada a Jordi ni a mí, y al mismo tiempo los otros dos golpeaban muy duro a mi hermano y le gritaban amenazas e insultos. Después de unos minutos, mi madre ya no pedía por nosotros, sino por ella; pedía que la soltaran y gritaba: « ¡Por favor, no!». Luego no se oyó nada desde su habitación, pero en la de mi hermano aún se oían pasos y los destrozos que hacían con los muebles, porque traían a Jordi de los brazos en rastras hasta el pie de mi cama. Mi hermano ya no tenía fuerzas suficientes para hacer nada, solo para hablar y para ver. Yo tardé unos segundos en reaccionar, paralizada como si fuera una espectadora en aquella escena de terror, hasta que uno de los dos hombres que estaban sometiendo a mi hermano subió sobre mi cama y dirigiéndose a Jordi dijo:«Quiero que pongas atención: si tú nos chingaste a todos, cabrón, te toca ver cómo me cojo a tu hermanita». Así fue la manera en que Marla fue concebida, que enlazó para siempre en mi memoria la luz de la luna, un hombre que se convirtió en el rostro de mis pesadillas, el dolor de ser desvirgada y un ángel oscuro y premonitorio.

Nos mudamos a la capital en julio, cuando le dije a mi madre que estaba encinta, y fue allá que cumplí cinco meses de embarazo y quince años de edad. Yo estaba segura de que estaba embarazada desde el primer día, porque desde esa mañana el ángel se paseaba por la habitación donde yo me encontrara: si yo estaba en la sala, el ángel se paseaba alrededor de los sillones, por enfrente de los vecinos, familiares y amistades que venían, según ellos, a ayudar, pero más bien era el morbo lo que los atraía; y ninguna de las decenas de personas que entraron a la casa se dio cuenta del ángel, así que yo nada más lo podía ver; pero aun así, yo sentía que su presencia no se debía a mí. Nunca le tuve miedo, pero tampoco me daba confianza.

Así que ahora éramos cinco en la casa nueva: mi madre, Jordi, el ángel, Marla y yo, aunque mi hermano vivía solo unos meses con nosotras y otros en el norte del país, donde continuaba vinculado a sus negocios ruines e ilícitos. Supe que el ángel era totalmente de Marla cuando la salvó del único intento de aborto que yo misma llevé a cabo con una receta que miré en un reportaje de un noticiero local de televisión. Aunque hubiera estado con tres semanas de embarazo, en aquel entonces era ilegal abortar, y además este era un brebaje fácil de preparar y barato de conseguir. Pero tan pronto como lo bebí caí desmayada en el piso de la cocina, y tuve un sueño con el ángel por segunda ocasión, casi igual que el de la primera vez, la diferencia fue que ahora no hizo la mueca de sonrisa forzada, esta vez no tenía ninguna expresión, y se convirtió de nuevo en humo, que ahora era de un color azulado y brilloso y me hizo despertar con náuseas suficientes para provocarme el vómito y expulsar el brebaje junto con la cena del día anterior y el desayuno de esa mañana.

Marla nació un sábado, 2 de noviembre, con los ojos cerrados de soñadora, serena y sonriente. La amé a partir de ese instante. Siempre tuve el temor de que se fuera a parecer a su padre biológico y de que yo la fuera a odiar por eso, pero no fue así, excepto por un día, once años después, que llegué a casa tras haber abusado del alcohol y de algunas drogas que no sabré nunca cuáles eran exactamente. Me asomé a su habitación y vi su rostro bajo la luz de la luna; no pude sentir nada más que odio y me abalancé hacia ella apuntando con las uñas a su cara, la cual me recordaba al hombre de mis pesadillas; pero el ángel arrastró la mochila de la niña a mis pies, de modo que yo tropecé y caí de cara en la orilla de la cama. Esto me hizo recapacitar y me dejó, además, una cicatriz en la mejilla que me recordaría la escena el resto de mi vida.

Cuando la niña tenía tres años de edad, Jordi regresó, esta vez para no irse ya de la casa, aún con mente criminal que estaba más corrompida que antes, y con un notable incremento de su adicción a la cocaína. Pero lo peor de todo es que regresó tan pobre como nunca lo había sido; eso sí, su espíritu ladino y su fluidez para hablar y engatusar a las personas venían inmutados. Así, entonces, llegó directamente conmigo y me ofreció trabajar para él. Me dijo que había conocido a muchos padrotes en su última vuelta al norte del país, y que ellos hacían mucho más dinero de lo que mi madre pudiera hacer en una quincena de trabajo duro en la maquiladora y mucho más aún delo que yo ganaba por mes haciendo bizcochos, y de una u otra manera me convenció para ser la dama de compañía de un hombre durante una fiesta. Me dijo que iba a pagar muy bien y que lo duplicarían si yo me comprometía también a dormir con él, y más por necesidad que por otra cosa, acepté.

Y durante ocho años mi hermano fue uno de los proxenetas más buscados, tanto por los clientes como por la ley. Supe de muchos casos de mujeres asesinadas que también eran prostitutas, pero trabajaban en las calles y no en un lugar con la protección de la que gozábamos mis diez compañeras y yo. Aun así, antes de cada encuentro con un desconocido se sienten miedo y nervios, porque nunca se sabe si la persona tiene algún fetiche extraño o algún problema mental. Mi hermano me sacó del mercado cuando me golpeé la mejilla en la cama de Marla; me apodaron «la puta de la cicatriz» y me tuve que vender por mi cuenta y por menos dinero, aunque aun así podía sostener una vida de lujo para Marla y para mi madre.

A pesar de lo que se pueda interpretar, no le guardé rencor a Jordi nunca por dejar de venderme: era simplemente un empresario con un pésimo concepto de lo que era la moralidad. Lo odié después de que murió, cuando tomó la decisión de mezclar la prostitución y el tráfico de drogas: son dos negocios que, aunque pertenecen al mismo mundo de lo ilegal, no van de la mano y no los manejan el mismo tipo de personas. Una tarde de hace casi un año, nos encontrábamos en el parque de enfrente Marla, que estaba jugando con un balón; mi hermano, que hacía una llamada por teléfono, muy alterado, en la acera del parque; y mi madre, quien sostenía una plática casual conmigo, sentadas en una banca. Dos hombres se estacionaron en la mitad de la calle y empezaron a descargar una ametralladora desde un automóvil. Primero le dieron a mi madre en la frente; a mí me rozaron la pierna derecha, pero cuando la ráfaga se direccionaba a Marla, el ángel hizo rebotar el balón sobre la ametralladora, lo que provocó que el hombre se impactara dos balas él mismo, una en la pierna y otra en la mano, y una más, como cosa del destino, en la cabeza de su compañero. Fue tiempo suficiente para hacer correr a Jordi para enfrentarlo con una pistola más pequeña que siempre cargaba con él, pero el hombre herido aún tuvo fuerza para recibir dos impactos más en el pecho y dar tres en el abdomen de mi hermano, lo que dejó una escena con tres hombres adultos y una anciana muertos y una puta con, ahora, dos cicatrices. Hace apenas una semana soñé por tercera vez con el ángel, y como la primera vez, volvió a sonreír, pero el humo con el que habitualmente me despertaba era morado fosforescente y el olor era exactamente el del perfume natural de Marla. Cuando desperté, Marla gritaba y lloraba desde su cama; nunca había sufrido ni siquiera un resfriado y ahora agonizaba de dolores en todo el cuerpo, se retorcía y se doblaba en posición fetal. No tardamos en llegar al hospital ella, el ángel y yo, pero todo fue en vano, ningún doctor fue capaz de diagnosticar el porqué de su muerte. Marla murió a los quince minutos de estar en el hospital, cuando tenía quince años de edad, el 15 de octubre. Hoy, frente a la caja fúnebre de Marla, con la mirada fija en la frente de la niña, el ángel desplegó las majestuosas alas por última vez: tomó en una mano con mucha cautela una esfera de luz que salió lentamente desde el cajón, la pegó contra su pecho y se fue aleteando al horizonte, rumbo al lugar adonde se van las almas de las niñas inocentes que siempre están sonriendo.

Photo by Adam Fejes on Pexels.comhttps://www.youtube.com/watch?v=Xd239HA6zU0

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