Carta de un reo

Me condenan las leyes del estado, ustedes, la autoridad. Me dicen que soy violento, me preguntan si me arrepiento. Por supuesto, me duelen las barras de acero, me privan de algo que deseo desde que era un niño pequeño. Sin embargo, no siento remordimiento.

Siendo honesto, no creo haber hecho nada grave. Un par de balas a un maleante, un cuchillo enterrado en un narcotraficante. ¿desde cuando es malo, hacerle el amor a una mujer en contra de su voluntad? Si esa misma mujer se dedica a vender niñas y adolescentes.

No lloro nunca, la ultima vez que llore fue cuando mi papá apuñaló a mi mamá. Tenía ocho años. La sangre le salía a borbotones de la garganta. El hombre aprovechó para quitarle los calzones. Las imágenes y los sonidos no se van de mi mente, los gritos, los rasguños, las patadas. Los olores de sangre, orines y suciedad de hombre. Los puñetazos en su cara. No se me borró nada de la memoria, ni con la bofetada que me dejó sordo e inconsciente.

Los ocho años siguientes viví en un orfanato, con poca comida en un plato, y en veces, calzando zapatos. De rato en rato, conseguía un trabajo donde cobraba barato. Los trabajos de esfuerzo físico no los soportaba mi cuerpo, y mi cabeza tonta como una cucaracha no me permitió conseguir nada bueno.

El hambre me obligó a tener que robar, o comer de las basuras. Encontré amigos y familia, somos una enorme pandilla que se cuida la espalda y se traiciona, como lo hacen las ratas en las alcantarillas. 

Les hablaría de los altibajos de la vida, pero solo conozco lo que hay en el suelo. Me siento como un gusano. Un día culpé a mi padre por mi desgracia, lo odié tanto como nunca lo había hecho antes, ni siquiera cuando me dejó huérfano. Antes solo había tenido mala suerte, pero ese día pensé mucho en la venganza, en la injusticia y en la inexistencia de dios. Me nació una idea. Un pensamiento que, a partir de ahí, me guio por el camino que me trajo hasta aquí.

Decidí seguir sus pasos. Un par de robos, violaciones y asesinatos me acercaron de a poco y, cada vez más, hasta este punto. Ustedes, las autoridades, mordieron mi anzuelo. Ya estoy en la misma celda que él. La vida me maltrató tanto la piel, que ni siquiera me reconoce. Estoy dispuesto a cumplir la sentencia máxima. Pero esta noche, yo seré juez y verdugo. Dictaré pena de muerte a mi padre, lo ahorcaré con la cuerda de la sabana hasta dejarlo sin resuello. Patearé su cadáver sin clemencia, hasta que me sangren los pies. Después, cuando me quede sin fuerza y me saquen a rastras, ensangrentado de aquí, lloraré. Lloraré por todos los años de dolor que resguardo en mi pecho, liberaré el nudo de mi garganta.

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