DATE UN LIKE (POESÍAS, @Ikormar)

Muy bonita poesía la de mi amigo Ivan 🥰

Submarino de hojalata

Date un like,
pues tú opinión
es la única que te ha
de hacerte sonreír
Date un like
y sal de la vida
de fotografía
y momento congelado.
Date un like
y vive bajo un sol,
sin filtros impostados.
Date un like
y mira a unos ojos cercanos,
una conversación
ausente, divertida,
diferente.
Date un like,
que te lo mereces.
Sentir la lluvia,
sentirte alegre.
Dejar en suspenso
el mundo de fantasía,
de alegría congelada
en un instante que no
muestra la desesperanza.
Date un like…

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Thundering Hooves Memorial Fence

Seguido viajo a México pues soy, como muchos tantos, un mexicano que vive en Texas. Y en la carretera estatal 17, en el pueblo de Balmorhea, apenas pasando la intersección que va rumbo a Fort Davis está pegado a un cerco, decenas de frenos de caballos colgando.

Recuerdo que hacia unos años vi una estatua de metal y nada más. Pero con el tiempo noté que había cada vez mas monumentos y frenos de caballo colgando del cerco.

Un día por fin me estacioné al lado para tomar unas fotos e investigar de que iba la cosa. La historia me dejó triste e impresionado.

Las estatuas, poemas y fotos son conmemoración de los caballos, burros y mulas que pasan por ahí en su ultimo viaje. Esa carretera va directo a México, y sin duda, los que pasan por ahí, rumbo al sur, son llevados al matadero. Cuando un caballo se vuelve un gasto y no se puede lucrar con él, lo dejan sin agua, sin comida y sin servicios médicos, para no perder dinero ni siquiera en darle una muerte digna.

 Por eso se hizo el Thundering Hooves Memorial Fence (Cerco conmemorativo de los cascos atronadores) y crearon una fundación que se encarga de rescatar y cuidar caballos, evitándoles su ultimo viaje al rastro, en México.

Aquí abajo, está el poema ya traducido  “Thundering Hooves” escrito por Ron Stonebear Shields.

Thundering Hooves (Cascos atronadores)

Por una solitaria carretera de Texas… que lleva a México… esta un lugar, vine desde 1500 millas… porque tenía que saber… Como es que se siente, ser empujado por el viento… sabiendo que estas en tu último viaje… y donde tu historia finaliza.

Caballos salvajes y domésticos tomados… de sus tierras natales… traicionados por hombres desalmados… por dinero en sus codiciosas manos. Una lagrima de pena se concentra… en el borde de mi ojo… cuantos miles han recorrido esta carretera… en su camino a la matanza… en su camino a su muerte.

El cerco conmemorativo de los Thundering Hooves… me ve sólidamente a la cara… ambos un tributo a los caballos… y un recuerdo a nuestro infortunio. Tantas traiciones… y una ruptura a la confianza de dios… mi lágrima baja por mi cara… y cae en el suelo de Texas.

Me inclino y una arranco una roca… junto a la carretera de Texas… un ultimo recordatorio… de la pesada carga de mi corazón. Transporté la piedra 1,500 millas… de regreso a mi casa. Es un sólido recordatorio, que me ve a la cara… Me recuerda los espíritus que se marcharon… Yo los sentí agrupados en un espacio sagrado.

Mi viaje es largo… se extiende al cielo… Dios no me dejará descansar… hasta que ni uno solo sea remolcado para morir… Hablen fuerte y claro se los ruego… debemos hacer nuestra parte… ningún hombre necesita cargar el ardor… de una roca de Texas en su corazón.

—Ron Stonebear Shields  

https://thunderinghooves.com/

Sin Luna


Manejo de noche, el viejo camino esta oscura, nuestro satélite natural esta en las ultimas horas de su fase antes de renovarse, como lo hace cada veintiocho días.


A pesar de que tengo los nervios de acero, estoy temblando y siento frio, pues es la primera vez que me atrevo a hacer esto. La carretera serpentea entre cerros y me balancea las memorias al ritmo de una balada. Las flores que vienen en el asiento del pasajero son para el amor de mi vida, y su aroma me provoca un rio de lágrimas silenciosas que, a su vez, sirven para regarlas.


Llego a un punto sin retorno, el combustible del automóvil se agotó y tengo que continuar a pie con el ramo de flores en mis manos. El desierto me intenta arrullar, quiere tranquilizarme con los aullidos de los coyotes y el ulular de los búhos. Las estrellas me traen memorias de los ojos de mi amor, y la carretera abandonada me recuerda la carencia de empatía en la humanidad.


Llego al puente roto, me arrodillo en la orilla para honrar al ser que me amó tanto y que, en ese lugar, el mundo recibió su aliento final.

Me pongo de pie una vez mas para lanzar el ramo de flores al abismo del puente, volteo mi cara al cielo y veo que la luna refleja solo una pequeña línea de luz, esta a unos segundos de ser luna nueva, pienso en que esa es la última luna que voy a ver y esta menguando junto con mi vida. Salto al vacío y muero en el mismo instante en que muere la luna de Octubre.

Escucha la narración por Melissa Eyh en Spotify aquí

Carta borracho

La tristeza. Ahí estaba escondida, tenía meses sin visitarme. Vino de nuevo a golpearme en el estómago. Ella cada vez mas fuerte, y yo, cada vez mas jodido. Detesto a los borrachos, para mi son gusanos. El alcohol convierte una persona de respeto, en un insecto. Así me hace sentir esta tristeza, oscura, despiadada.

Siento que me aprieta del cuello y me tira al suelo, al fondo del pozo, como en una tumba. Y ahí me hace tocar a las puertas del infierno. Quiere que mi mano tome la mano de la muerte.

Maldita, maldita mil veces esta tristeza que me hace sentir como gusano. Así que bebo. Bebo a bocajarro para liberar el llanto, deseo dejar fluir con mis lagrimas y mis suspiros este sentimiento que me asesina.

Una vez mas quiero rebanarme el cuello con mi navaja española. La fobia a la sangre me detiene. “Maldito cobarde!” pienso.

Y tomo mas alcohol. Una soga en el cuello se antoja complicado. Extraño mi revolver, si estuviera aquí se solucionaría mi problema. Entonces considero las pastillas, ya lo había hecho antes, tal vez ahora lo logre. Tomo cualquier envase del botiquín y lo vacío en la mesa. De una por una las mastico y me las paso con alcohol. Lego a la sexta pastilla y pienso en mis hijos. Lloro un poco más.

Deseo todo el amor y la felicidad para ellos. Quiero que mi esposa se sienta plena. Pienso en ellos un largo tiempo y sigo bebiendo brandy del pico de la botella. No quiero arruinarles la vida, causarles un trauma al ver el cuerpo muerto de su padre, una mañana del domingo.

Bebo un par de tragos más y escribo esto.

Deseo morir con todas mis fuerzas. Pero soy un cobarde que no tiene el valor. Así que espero que la muerte lea esto, se apiade de mi familia y su futuro y que me lleve.

Los alcohólicos son gusanos cuando beben, yo lo soy todo el tiempo.

P.d

Si eres la muerte, y estas leyendo esto. Por favor, cuidalos y protegelos, y llévame contigo.

Carta de un reo

Me condenan las leyes del estado, ustedes, la autoridad. Me dicen que soy violento, me preguntan si me arrepiento. Por supuesto, me duelen las barras de acero, me privan de algo que deseo desde que era un niño pequeño. Sin embargo, no siento remordimiento.

Siendo honesto, no creo haber hecho nada grave. Un par de balas a un maleante, un cuchillo enterrado en un narcotraficante. ¿desde cuando es malo, hacerle el amor a una mujer en contra de su voluntad? Si esa misma mujer se dedica a vender niñas y adolescentes.

No lloro nunca, la ultima vez que llore fue cuando mi papá apuñaló a mi mamá. Tenía ocho años. La sangre le salía a borbotones de la garganta. El hombre aprovechó para quitarle los calzones. Las imágenes y los sonidos no se van de mi mente, los gritos, los rasguños, las patadas. Los olores de sangre, orines y suciedad de hombre. Los puñetazos en su cara. No se me borró nada de la memoria, ni con la bofetada que me dejó sordo e inconsciente.

Los ocho años siguientes viví en un orfanato, con poca comida en un plato, y en veces, calzando zapatos. De rato en rato, conseguía un trabajo donde cobraba barato. Los trabajos de esfuerzo físico no los soportaba mi cuerpo, y mi cabeza tonta como una cucaracha no me permitió conseguir nada bueno.

El hambre me obligó a tener que robar, o comer de las basuras. Encontré amigos y familia, somos una enorme pandilla que se cuida la espalda y se traiciona, como lo hacen las ratas en las alcantarillas. 

Les hablaría de los altibajos de la vida, pero solo conozco lo que hay en el suelo. Me siento como un gusano. Un día culpé a mi padre por mi desgracia, lo odié tanto como nunca lo había hecho antes, ni siquiera cuando me dejó huérfano. Antes solo había tenido mala suerte, pero ese día pensé mucho en la venganza, en la injusticia y en la inexistencia de dios. Me nació una idea. Un pensamiento que, a partir de ahí, me guio por el camino que me trajo hasta aquí.

Decidí seguir sus pasos. Un par de robos, violaciones y asesinatos me acercaron de a poco y, cada vez más, hasta este punto. Ustedes, las autoridades, mordieron mi anzuelo. Ya estoy en la misma celda que él. La vida me maltrató tanto la piel, que ni siquiera me reconoce. Estoy dispuesto a cumplir la sentencia máxima. Pero esta noche, yo seré juez y verdugo. Dictaré pena de muerte a mi padre, lo ahorcaré con la cuerda de la sabana hasta dejarlo sin resuello. Patearé su cadáver sin clemencia, hasta que me sangren los pies. Después, cuando me quede sin fuerza y me saquen a rastras, ensangrentado de aquí, lloraré. Lloraré por todos los años de dolor que resguardo en mi pecho, liberaré el nudo de mi garganta.

Inanición

Como un pajarillo que se va del nido, así voló el amor mío, dejando un crio con el estomago vacío, y un corazón extrañándolo, muriendo de frio.

Prometió regresar a este hogar, mantuvimos las esperanzar vivas de volverlo a abrazar. Se sintieron tan reales, sus palabras y su mirar. Fue imposible no confiar. Ahora comemos tierra con sal.

Abandonados por el azar, en una madriguera alejada de la ciudad, en medio de un desierto desconocido de la sociedad. Me hace llorar el hambre, el frio y la soledad.

Me pregunto si habrá sido capaz de asesinar, el lucero que entre él y yo pudimos crear. O si en algún otro lugar, tal vez su vida encontró el final.

A mi lado está, un alma inocente y vulnerable, con ganas de vivir. Sin duda estoy, de que jamás podrá sentir, el calor de su papá.

Una lluvia casual, un insecto que se arrastra o la sangre de mi pulgar, mantienen tranquila su ansiedad. Su pequeño cuerpo tiene necesidad, exige comer lo que sea por piedad, con un llanto enfermo de debilidad.

Busco salidas a mi alrededor, pero no hay senderos para escapar. Del cielo alguien nos viene a arrullar. Una brisa leve, entona una melodía otoñal. Abrazo con todas mis fuerzas al costalito de amor. Mientras la muerte nos susurra su canción, el recién nacido me regala una sonrisa, la mas hermosa del mundo, y respiro el aliento de su último suspiro.  Así mismo, cierro los ojos, y me entrego a mi propio catabolismo.

Olvida el hambre y el dolor, pequeñito niño de algodón, nuestras almas se van juntas, danzando al ritmo de un son. Tu debilitado corazón, la fatal inanición, y toda la aflicción; se quedan para siempre en la tierra, pero tu y yo, nos vamos a ese lugar, donde todo estará mejor.

Hematofobia

Quisiera no tener miedo durante los episodios de rabia, cuando me invade el coraje, la impotencia, el dolor; desearía encontrar las agallas para arrancarme la vida a cuchilladas, extraer el alma de mi cuerpo, y flotar por la otra dimensión, sin sentir nada. Parece, que venimos a este mundo solo para acumular sufrimiento, condicionados a juntar todo el dolor que nuestra mente y cuerpo soporten, antes de despedirse de la vida.

Le han llamado cobarde a alguien que salta de un edificio, al que se corta las venas, al que ingiere pastillas con la intención de provocarse una sobredosis, al que se cuelga con una soga de su propia garganta; pero mas cobarde he sido yo, que no he tenido el valor de lograr ninguna de esas cosas.

En momentos de ira y desesperación, la única herramienta que he tenido a mi alcance es mi navaja de bolsillo, esta muy bien afilada, y estoy casi seguro de que un corte no sería tan doloroso. Sin embargo, estoy clínicamente diagnosticado con hematofobia. El solo hecho de pensar tan siquiera en sangre, me hace sentir nauseas, mareos, debilidad; mi presión arterial se reduce cuando imagino el liquido rojo y tibio, fluir por un torrente que recorre por todo nuestro cuerpo. Ese miedo absurdo, es lo único que me ha salvado la vida, todas las veces que mi pensamiento ha divagado sobre la idea de suicidarme con mi navaja.

Desconozco el origen del sentimiento de repulsión hacia el líquido rojo vital, lo único que recuerdo es que desde que era pequeño, el olor, la viscosidad y la temperatura de la sangre fresca me provocaba desmayos. Los psiquiatras recomiendan tratar la fobia para evitar que se incremente la misma, ya que, con el tiempo, el portador desarrollaría otros tipos de miedos disociativos. Pero yo no quiero perderle el miedo a la sangre, el día que eso pase, será el mismo día en que mutile mis propios antebrazos con mi navaja, para dejar que salga fluyendo mi alma roja a través de mis venas cortadas.

Versos de Mariachi

Irresistibles tus labios, cubiertos de oro. implorándome otro beso, conociendo lo imposible de eso. Nos extrañamos uno al otro, tratando de evitar nuestro exceso.

Dentro de esa caja lloras. Quieres que la abra, y que a tu cuerpo corra. Que te abrace de las costillas, como en aquellos buenos días.

Un caballito de mezcal a tu salud, y otro a la mía, si se te antoja. Poco a poco nuestras almas, de nuestros cuerpos se despojan. Fui aventurero y fui loco. Tu fuiste mi cielito lindo. Mi cielo rojo.

La vejez y una enfermedad me acongojan. Nuestros suspiros llegaron una vez, desde mi México lindo y querido, hasta los labios de una salerosa, linda y hechicera malagueña.

Y ahora, mi aliento no tiene fuerza, para darte un ultimo beso. Me duele hasta los huesos, los pulmones y el corazón; tener que escribir, nuestra propia historia de un amor.

En verdad que, no hay otra igual. ¿Qué voy a hacer, si deveras te quiero? Mi vida se me va en bailar los dedos. Extrañando tocar tus pistones de nuevo.

En el palenque no cantan los gallos golones, cantan los mariachis, cortejan a la audiencia, con el jarabe tapatío.

Con un arpa y una pianola, me persigue la llorona, socarrona que es la muerte, cabrona como ella misma, cuando acecha a una persona. No llores, cucurrucucú paloma.

Trompeta de mariachi, te quiero volver a besar. Que mi aliento junto al tuyo, lleguen hasta Tecalitlán. Que van a saber de amores, los doctores.

Que van a saber del son de la negra, como la paloma, como mi suerte. Prefiero que llegue la muerte, antes que perderte.

De la música he sido Amador, de la trompeta trovador. Una enfermedad me jode, los huesos, el pulmón y el corazón. Me puedo burlar entonces, de la vida y de la muerte, si mis amigos me tocan una canción, una cruz de madera para este cabrón, cuando vaya descendiendo mi cajón.

Aquí abajo esta el audio que edité, con la voz de mi primita Vale. La pueden seguir en Twitter en el enlace.

El colchón

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1

Esa mañana la buscamos por toda la casa, su cama estaba tendida. Mi esposo, había acompañado a Katja la noche anterior. Y me dice que, después de salir de su habitación, yo fui a darle un beso de buenas noches, pero no recuerdo haber hecho nada de eso. Si fue así, mi memoria eliminó la escena en la que mis labios rozaron su blanca frente, la última vez que vi su belleza, comparada solo con la de una rosa en el invierno, he olvidado por completo el ultimo abrazo que le di. La extraño y me destroza su ausencia.

La pequeña, de diez años recién cumplidos estaba obsesionada con los cuentos de fantasía. En especial si trataban de hadas, duendes, elfos, faunos y todos los seres feéricos de la cultura nórdica. Dejaba su cabello dorado suelto y se lo adornaba con flores. En esos días, cuando desapareció, me había pedido que le comprara una flauta y que la metiera a clases de música.

La buscamos durante unas horas por la mañana, contactamos con sus amigas de la escuela, pero nadie la había visto. El protocolo de las autoridades nos hizo esperar mas tiempo del que hubiéramos querido. Aun así, la búsqueda se adelantó cuando por casualidad, encontramos un rastro de sangre.

Al levantar sus cobijas, en el colchón vi una mancha de sangre enorme, del tamaño de la niña. El detective Müller se puso manos a la obra tan pronto como se presentó la primera pista. El líquido carmín seguía fresco. Tomaron muestras y las llevaron a examinar. Los resultados arrojaron que el ADN era de Katja, pero no había de nadie más. Después de eso, nos llevaron a su papá y a mi a contestar preguntas, éramos los principales sospechosos. Sin embargo, no existía ninguna evidencia en nuestra contra, y la niña continuaba perdida.

Desde entonces ya han pasado cinco años.  El caso continúa abierto, y seguimos buscando. Anna, ahora tiene casi la misma edad de su hermana mayor cuando desapareció. Igual que Katja, está obsesionada por la fantasía, a diferencia de que ella con los dragones y los yurei, fantasmas de la cultura japonesa. Y así, como lo hizo su hermana, Anna me pidió que la metiera en clases de karate. Son tan parecidas.

2

Por recomendación de la psicóloga, comenzamos a remodelar la habitación de Katja, al igual que el resto de la casa. Llorar al ver su ropa en el closet, sentir que el corazón se me hacía pequeño cuando hojeaba su libreta de dibujos, sentir el nudo en la garganta al tocar sus juguetes era parte del duelo. Pero teníamos que deshacernos de todas sus cosas.

Alexander se reusaba a tirar la mochila negra con detalles morados. Estoy segura de que la tiene escondida en su oficina, no la que tiene en la casa, sino en la de la compañía constructora. Y sé que en ocasiones se encierra en la habitación de Katja a llorar. La extraña y lleva su duelo en silencio.

Mas a fuerzas que con ganas, me ayudó a sacar todas las pertenencias de nuestra hija para donarlas. Todo con excepción del colchón que, estaba manchado con la sangre de Katja. Ese, lo cargamos con un montón de basura que acumulamos durante los cinco años que habían pasado, y lo llevamos a la maquina trituradora y compactadora de la compañía constructora, donde trabaja Alexander. Nos tardamos un rato en vaciar el remolque.

Si algo distraía la mente de mi esposo era su trabajo, disfrutaba ser ingeniero en esa compañía. Era fin de semana, y no había nadie en el sitio. A pesar de que estaba siempre triste desde la desaparición de Katja, le entusiasmaba tenerme ahí, con un casco amarillo y lentes de protección, mostrándome cada proceso de la maquina compactadora.

Cuando llegamos al final de la línea de procesos, salió nuestra basura y el colchón ensangrentado, reducidos a un metro cúbico de pedacería. Un terror que jamás habíamos sentido se apoderó de nosotros al examinar adentro del cubo. Nuestros cuerpos se tensaron por fuera, pero temblábamos por dentro. Sentíamos electricidad quemándonos los intestinos, y un lamento que se sintió salir de la nuca, más que de nuestros pulmones, salió expulsado de nuestras gargantas en un llanto frio y doloroso al ver los cabellos dorados, el pijama morado con estampado de hadas hecho trizas, la piel reseca, sus dijes de símbolos nórdicos, y la osamenta triturada de nuestra hija.

Después de que lloramos arrodillados detrás de la maquina compactadora. Alexander llamó al detective Müller y este llegó de inmediato, tomó fotos, se llevaron el cubo con los restos, y no cambió nada.

Nosotros continuamos siendo los principales sospechosos, sin embargo, no hay ya nada que hacer por Katja. Y nadie encuentra una explicación.

Mi esposo tiene la teoría de que el colchón se comió a la niña. Lo repite una y otra vez, para él no existe otra explicación lógica. En cambio, para mí, sí que hay una. Hay una escena que me sacudió lo más recóndito de mi memoria. Un recuerdo que por protección había eliminado yo misma y que, me regresó en el instante en que vi las hadas del pijama de Katja hechas trizas. Una pieza clave que aclararía, sin fantasía alguna, la desaparición de la niña. Un suceso sensato que, jamás revelaré.

Edel

Submarino de hojalata

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Siete años a su lado fueron suficientes para amarla y respetarla. Se que ella me amaba hasta la adoración, lo sentía en sus caricias y sus mimos. Encontraba consuelo en mí y lo único que yo hacía era acompañarla y escucharla a diario. Al contrario de Vanda, su hija, quien la visitaba una vez al mes. Cuando se aparecía por la casa, yo pasaba a la cocina a saludarla y me regresaba a la habitación donde dormía al lado de Selma.

—Edel es muy raro, no me da buena espina. Cada vez que vengo, va y se encierra en tu recamara, mamá. —Decía Vanda.

—Déjalo vivir a gusto. No te hace mal, y a mí tampoco. Mientras yo lo quiera y él a mí, no tiene porque preocuparte nada. —le contestaba Selma, cerrando así el tema de nuestra relación. Y ciertamente, Vanda no tenía…

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