Versos de Mariachi

Irresistibles tus labios, cubiertos de oro. implorándome otro beso, conociendo lo imposible de eso. Nos extrañamos uno al otro, tratando de evitar nuestro exceso.

Dentro de esa caja lloras. Quieres que la abra, y que a tu cuerpo corra. Que te abrace de las costillas, como en aquellos buenos días.

Un caballito de mezcal a tu salud, y otro a la mía, si se te antoja. Poco a poco nuestras almas, de nuestros cuerpos se despojan. Fui aventurero y fui loco. Tu fuiste mi cielito lindo. Mi cielo rojo.

La vejez y una enfermedad me acongojan. Nuestros suspiros llegaron una vez, desde mi México lindo y querido, hasta los labios de una salerosa, linda y hechicera malagueña.

Y ahora, mi aliento no tiene fuerza, para darte un ultimo beso. Me duele hasta los huesos, los pulmones y el corazón; tener que escribir, nuestra propia historia de un amor.

En verdad que, no hay otra igual. ¿Qué voy a hacer, si deveras te quiero? Mi vida se me va en bailar los dedos. Extrañando tocar tus pistones de nuevo.

En el palenque no cantan los gallos golones, cantan los mariachis, cortejan a la audiencia, con el jarabe tapatío.

Con un arpa y una pianola, me persigue la llorona, socarrona que es la muerte, cabrona como ella misma, cuando acecha a una persona. No llores, cucurrucucú paloma.

Trompeta de mariachi, te quiero volver a besar. Que mi aliento junto al tuyo, lleguen hasta Tecalitlán. Que van a saber de amores, los doctores.

Que van a saber del son de la negra, como la paloma, como mi suerte. Prefiero que llegue la muerte, antes que perderte.

De la música he sido Amador, de la trompeta trovador. Una enfermedad me jode, los huesos, el pulmón y el corazón. Me puedo burlar entonces, de la vida y de la muerte, si mis amigos me tocan una canción, una cruz de madera para este cabrón, cuando vaya descendiendo mi cajón.

30 de febrero

Odiaba el 14 de febrero. No tenía ni pareja ni amigos, pero ahí estaba, una postal sin remitente del Puente de las Artes. París lucía tan lejano ahora. En el reverso con letra desconocida aparecían su nombre, dirección y solo un mensaje: «Rendezvous. 30 de febrero». Era una burla para él, pensó.

Siempre había sido un romántico con Helen, su primer y única novia. Pasaron noches tiernas en ese mismo lugar. Fue en ese puente donde se juraron, como todos, amor eterno. Una eternidad que duró cuatro años.

Otros cuatro consiguientes, había vivido en soledad, después de aquella traición. Ahora, los recuerdos de Helen revivían, y reprendían su memoria. Estaba lejos de olvidarla, y una postal lo llevó a sentir en la garganta los sabores amargo y dulce de la nostalgia.

¿Quién traicionó a quién? ¿Él a ella, con la asistente del jefe? ¿O ella a él, con el entrenador de taekwondo? Pues ninguno, y ambos, dependiendo de la perspectiva.

Fueron los terceros en discordia, de una historia de amor, quienes envenenaron de manera vil, la mente de sus rivales. Tal como lo hizo la manzana dorada de Eris. Haciendo caer en la tristeza, la decepción y el desaliento, a la pareja, que por cuatro años había sido perfecta. Pues el entrenador, era quien deseaba a Helen, y la asistente a su novio, Héctor.

Helen y Héctor, fueron traicionados por unas lenguas serpentinas. Con los corazones destrozados, ambos, huyeron de París. Él se regresó a América, y ella se fue al oriente. Cuatro vueltas al sol, y 140 millones de latidos no fueron suficientes para olvidar a esa persona, por quien, el corazón bombeó alguna vez, con la fuerza mítica de Heracles.

Los villanos de la historia tenían remordimientos de consciencia. Le adjudicaban al karma, los problemas sentimentales y laborales, que cargaban, desde el día en que maquinaron aquel maquiavélico engaño.

Cegados por las supersticiones, y por recomendaciones de una gitana española, quien les leyó sus suertes, enviaron las postales anónimas, con esa fecha, sin sentido. Ni siquiera la gitana entendió el propósito del mensaje, pero la lectura de sus cartas había sido clara y especifica.

Los eternos enamorados, recibieron las postales. Ambos descifraron la fecha de la cita. A pesar de no conocer la caligrafía, sabían que solo ellos dos entenderían el mensaje. Por fin, se iban a reencontrar, tal y como lo deseaban desde hacía cuatro años.

Llegado el día 28 de febrero, las almas más diabólicas de todo Paris, vigilaron día y noche, el Puente de las Artes. Al finalizar el segundo día de marzo, desistieron. Los enamorados no se presentaron. El entrenador de taekwondo y la asistente, se entregaron al miedo, la desolación, a la pena sin causa y a una vida de sufrimientos, provocados por su autosabotaje.

La tarde del 20 de marzo (20/03) del 2011, a las 8:03, ocho años exactos, después de la primera mirada. Los amantes, que se habían estado extrañando, se unieron de nuevo en un abrazo eterno, en un beso empapado de sal, y en una caricia, fresca como la primavera que se avecinaba. Jamás mencionaron la postal el uno al otro, pues para ellos, había sido una señal del destino, para hacer un viaje a Paris, el cual, tenían planeado hacer de todas formas, en esa misma fecha.

Escrito para el reto, #MismoInicioDiferenteFinal de Maru BV. (Conjurando Letras)

RESEÑA EL DÍA AZUL DE LA VENGANZA

Submarino de hojalata

Título: El día azul de la venganza

Autor: Francisco Javier Sánchez Manzano

Editorial: Esdrújula Ediciones (Colección Sístole)

Año de edición: 2020

Nº de edición: primera

Nº de páginas: 139

Con este nuevo libro de Sánchez  Manzano he cambiado mi método de trabajo a la hora de hacer la reseña: si en los demás casos, la he escrito de forma inmediata para no perder las impresiones obtenidas durante la lectura, con él he preferido esperar a que se asentaran un poco y no parecer demasiado apasionada.  Sin embargo, no ha hecho efecto y, si esta reseña llegara al autor del libro, aprovecho para darle las gracias por haberme hecho recuperar la chispa de la pasión por la lectura que perdí hace tiempo; y es que son pocos los escritores que últimamente me empujan a seguir leyéndoles y a que espere con ansias su nuevo libro sin importar si continúan el…

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Predicho

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“De una forma u otra, su vida me pertenece. El doce de diciembre, dale un balazo en la sien y encomienda su alma a la virgen María” —me dijo la muerte. La vi a través de la ventana, luego, la sombría entidad, desapareció en la neblina madrugadora del desierto. Mientras yo mojaba con fomentos, la frente de Margaret.

Tengo el revolver preparado desde entonces. Cambié mis bienes por oro, con el cual pude sustentar las viandas para el viaje de huida y las, hasta ahora inútiles, medicinas de mi mujer.

Ahora, su cuerpo agoniza dentro de la carreta, los saltos le atormentan el cuerpo. Llevo a paso firme y los más rápido que puedo, la marcha de los caballos. El desierto, la noche y la lluvia no son algo que me atemoricen. Si es que lloro, es por escuchar sus quejidos de aflicción. Me desgarran el corazón.

Buscamos refugio y ayuda, con el brujo de la tribu Navajo. Se dice que los nativos tienen los conjuros que espantan a la muerte.

La tormenta se arrecia e intranquiliza los caballos. Los aullidos de los lobos aumentan conforme avanzamos y empeoran la situación. Las bestias espantadas, descontrolan la estabilidad del carruaje provocando que nos desplomemos poco antes de llegar al río.

Un bulto de carne se queja a unos metros de donde caí yo. Es mi amada, no tiene fuerzas, ni siquiera para llorar. Siento que me rompí un par de costillas. Me acerco a rastras, para sostener la mano de Margaret por última vez, y terminar con su dolor de una vez. Pero antes de rozar sus dedos siquiera, la tierra se derrumba y hace caer su delicado cuerpo en un torrente de agua donde es devorado por la furia de la creciente.

La bala entonces será para mí. Y en un alarido, antes de dispararme, le rezo: ¡Oh muerte burlona y engreída, no separes su alma de la mía, y llévanos juntos a los brazos, de la virgen María!

Elixir de los humanos

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Mary es así, le gusta que sus invitados beban café. Cuando visitan sus padres, lo acompañan con galletas caseras. Si se trata de Karen, es mezclado con brandy. Y es un visitante que la va a acompañar en la cama, la bebida se pospone hasta terminar el acto sexual.

En lo personal, el aroma me fascina; y más aún, me encanta escuchar el sonido de la cafetera. Es casi tan delicioso, como sentir las caricias de Mary en mi espalda, mientras que, tendido en sus piernas, ronroneo.

La última vez que bebió del elixir de los humanos, lo acompañó con un bote completo de pastillas, las mismas que usa para no sentirse triste. Es curioso, pues siempre se toma solo una o dos.  Escribió una pequeña nota que, dejó en la mesa, luego se tendió sobre la cama. Me abrazó y lloró. Lloró hasta que se quedó dormida.

Ahora, en esta enorme reunión en su casa, todos lloran. Están en su sala, beben café un su honor. Ella sigue dormida dentro del cajón, y yo… la extraño.